Encuentros de los Papas con los Alcaldes y con autoridades similares
Contenido
- Encuentro del S. P. Francisco con los Prefectos de Italia (11 de diciembre de 2023)
- Encuentro del S. P. Francisco con los Concejales de la ciudad de Roma (10 de junio de 2024)
- Encuentro del S. P. León XIV con los Miembros de la Asociación Nacional de Municipios Italianos (ANCI) (29 de diciembre de 2025)
- Audiencia del S. P. León XIV a los Prefectos de Italia, 16 de febrero de 2026
1. Encuentro del S. P. Francisco con los Prefectos de Italia
Discurso del 11 de diciembre de 2023 (traducción del suscrito)2. Encuentro con los Concejales de la ciudad de Roma
VISITA DEL SANTO PADRE FRANCISCO AL CAPITOLIO
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Lunes, 10 de junio de 2024
Señor Alcalde
Señoras y Señores Asesores del Ayuntamiento de Roma,
Distinguidas Autoridades,
!Queridos amigos!
Agradezco al Señor Alcalde la agradable invitación y las amables expresiones que me ha dirigido; y doy las gracias a la Presidenta de la Asamblea Capitolina por sus palabras de bienvenida. Saludo a los consejeros y asesores del Ayuntamiento, a los representantes del Gobierno, a las demás autoridades presentes y a todos los ciudadanos de Roma.
Al volver a visitarlos, tengo sentimientos de gratitud y de alegría. Vengo a encontrarme con ustedes y, a través de ustedes, con toda la ciudad, que casi desde su nacimiento, hace unos 2.800 años, ha tenido una clara y constante vocación de universalidad. Para los fieles cristianos, este papel no fue fruto de la casualidad, sino que correspondía a un designio providencial.
La antigua Roma, gracias a su desarrollo jurídico y a su capacidad de organización, y a la construcción a lo largo de los siglos de instituciones sólidas y duraderas, se convirtió en un faro al que muchos pueblos acudieron para disfrutar de estabilidad y seguridad. Este proceso le permitió ser un centro irradiador de civilización y acoger a gentes de todo el mundo e integrarlas en su vida civil y social, hasta el punto de hacer que no pocos de ellos asumieran las más altas magistraturas del Estado.
Esta antigua cultura romana, que sin duda experimentó muchos buenos valores, necesitaba por otra parte elevarse, confrontarse con un mensaje de fraternidad, amor, esperanza y liberación más amplio.
La aspiración de aquella civilización, que había alcanzado la cima de su florecimiento, ofrece otra explicación de la rápida difusión del mensaje cristiano en la sociedad romana. El brillante testimonio de los mártires y el dinamismo de caridad de las primeras comunidades de creyentes interceptaron la necesidad de escuchar nuevas palabras, palabras de vida eterna: el Olimpo ya no era suficiente, había que ir al Gólgota y ante la tumba vacía del Resucitado para encontrar las respuestas al anhelo de verdad, justicia y amor.
Esta Buena Nueva, la fe cristiana, impregnaría y transformaría con el tiempo la vida de las personas y de las propias instituciones. Habría ofrecido a las personas una esperanza mucho más radical y sin precedentes; habría ofrecido a las instituciones la posibilidad de evolucionar hacia un estadio superior, abandonando gradualmente -por ejemplo- una institución como la esclavitud, que incluso a tantas mentes cultas y corazones sensibles había parecido un hecho natural y dado por sentado, en absoluto susceptible de abolición.
Esto de la esclavitud es un ejemplo muy significativo del hecho de que incluso las civilizaciones refinadas pueden tener elementos culturales tan arraigados en la mentalidad de los individuos y de la sociedad en su conjunto que ya no se perciben como contrarios a la dignidad del ser humano. Éste es también el caso hoy en día, cuando, casi inconscientemente, a veces corremos el riesgo de ser selectivos y parciales en la defensa de la dignidad humana, marginando o descartando a ciertas categorías de personas, que acaban por encontrarse sin la protección adecuada.
A la Roma de los Césares le sucedió -por así decirlo- la Roma de los Papas, sucesores del apóstol Pedro, que « presiden en la caridad » a toda la Iglesia y que, en algunos siglos, también tuvieron que desempeñar un papel de sustitución de los poderes civiles en la progresiva desvertebración del mundo antiguo, y a veces, con comportamientos infelices. Muchas cosas cambiaron, pero la vocación de universalidad de Roma se vio confirmada y exaltada. Si de hecho el horizonte geográfico del Imperio Romano tenía su corazón en el mundo mediterráneo y, aunque muy vasto, no abarcaba toda la Urbe, la misión de la Iglesia no tiene fronteras en esta tierra, porque debe dar a conocer a Cristo, su acción y sus palabras de salvación a todos los pueblos.
A partir de la Unificación de Italia, se abrió una nueva etapa en la que, tras contrastes y desencuentros con el nuevo estado unitario, en el contexto de lo que se llamó la «Cuestión Romana», se llegó hace 95 años a la Conciliación entre el poder civil y la Santa Sede.
Este año se cumple además el 40 aniversario de la revisión del Concordato. En él se reafirmó que el Estado italiano y la Iglesia católica son, «cada uno en su orden, independientes y soberanos, comprometiéndose a respetar plenamente este principio en sus relaciones y a cooperar mutuamente para la promoción de la humanidad y el bien del país» (art. 1 del Acuerdo sobre la revisión del Concordato, 3 de junio de 1985).
Roma siempre ha confirmado, incluso en estas fases históricas más recientes, su vocación universal, como atestiguan los trabajos del Concilio Ecuménico Vaticano II, los diversos Años Santos celebrados, la firma del Tratado constitutivo de la Comunidad Económica Europea, así como del Tratado constitutivo de la Corte Penal Internacional, los Juegos Olímpicos de 1960 y las Organizaciones Internacionales, en particular la FAO, que tienen su sede en Roma.
Ahora Roma se prepara para acoger el Jubileo de 2025. Este acontecimiento es de carácter religioso, una peregrinación orante y penitente para obtener de la misericordia divina una reconciliación más completa con el Señor. Sin embargo, no puede dejar de implicar también a la ciudad en cuanto a los cuidados y las obras necesarias para acoger a los numerosos peregrinos que la visitarán, además de los turistas que vienen a admirar su inmenso tesoro de obras de arte y las grandiosas huellas de los siglos pasados. Roma es única. Por eso, el próximo Jubileo también puede tener un impacto positivo en la propia fisonomía de la ciudad, mejorando su decoro y haciendo más eficaces los servicios públicos, no sólo en el centro, sino también acercando el centro a los suburbios. Esto es muy importante, porque la ciudad está creciendo y esta atención, esta relación es cada día más importante. Y por eso me gusta ir a visitar las parroquias de los suburbios, para que sientan que el obispo está cerca de ellas; porque es muy fácil estar cerca del centro -yo estoy en el centro-, pero ir a visitar los suburbios es la presencia del obispo allí.
Es impensable que todo esto pudiera tener lugar de forma ordenada y segura sin la cooperación activa y generosa de las autoridades del municipio de la capital y de las nacionales. A este respecto, agradezco calurosamente a las Autoridades municipales su empeño en preparar Roma para acoger a los peregrinos del próximo Jubileo, y agradezco al Gobierno italiano su plena disposición a cooperar con las Autoridades eclesiásticas para el éxito del Jubileo, confirmando el deseo de cooperación amistosa que caracteriza las relaciones mutuas entre Italia y la Santa Sede, que son relaciones humanas. Muchas veces, la mezquindad puede llevarnos a pensar que las relaciones tienen que ver con el dinero: no, esto es secundario. Son las relaciones humanas entre las autoridades.
Roma es una ciudad con un espíritu universal. Este espíritu quiere estar al servicio de la caridad, al servicio de la acogida y de la hospitalidad. Que los peregrinos, los turistas, los emigrantes, los que están en apuros, los más pobres, los solitarios, los enfermos, los presos, los excluidos sean los testigos más fieles de este espíritu -por eso he decidido abrir una Puerta Santa en una cárcel- y que den testimonio de que la autoridad es plenamente tal cuando se pone al servicio de todos, cuando utiliza su poder legítimo para satisfacer las necesidades de la ciudadanía y, en particular, de los más débiles, los últimos. Y esto no es sólo para ustedes los políticos, es también para los sacerdotes, para los obispos. Cercanía, proximidad al pueblo de Dios para servirlo, para acompañarlo.
Que Roma siga mostrando su rostro, un rostro acogedor, hospitalario, generoso, noble. La enorme afluencia a la Urbe de peregrinos, turistas y emigrantes, con todo lo que significa en términos de organización, podría verse como un agravante, una carga que ralentiza y entorpece el flujo normal de las cosas. En realidad, todo esto es Roma, su especificidad, única en el mundo, su honor, su gran atractivo y su responsabilidad hacia Italia, hacia la Iglesia, hacia la familia humana. Cada uno de sus problemas es el «reverso» de su grandeza y, de ser un factor de crisis, puede convertirse en una oportunidad de desarrollo: civil, social, económico, cultural.
El inmenso tesoro de cultura e historia que yace en las colinas de Roma es el honor y la carga de su ciudadanía y de sus gobernantes, y espera ser debidamente valorado y respetado. Que todo el mundo sea consciente del valor de Roma, del símbolo que representa en todos los continentes -no olvidemos el mito del origen de Roma como renacimiento de las ruinas de Troya- y que la colaboración activa recíproca entre todos los poderes que allí residen se confirme, o mejor, crezca, para una acción coral y constante que la haga aún más digna del papel que el destino, o más bien la Providencia, le tiene reservado.
Durante décadas, desde que era un joven sacerdote, he sentido devoción por la Salus Populi Romani, y cada vez que iba a Roma acudía a ella. A ella, a la Salus Populi Romani, le pido que vele por la ciudad y el pueblo de Roma, que infunda esperanza y suscite caridad, para que, confirmando sus más nobles tradiciones, siga siendo, incluso en nuestro tiempo, faro de civilización y promotora de paz. Gracias.
Saludo dirigido espontáneamente a los empleados reunidos en la Piazza del Campidoglio
¡Buenos días! Saludo a todos ustedes, al Ama, a la Protección Civil, a los gendarmes, a las personas que trabajan aquí: ¡muchas gracias por su acogida, muchas gracias!
Me permito hoy, en este momento, hacer una oración por Roma, por nuestra ciudad.
Ave María, ...
[Bendición].
¡Gracias por su trabajo, gracias por lo que hace por la ciudad! Y, por favor, ¡no olvide rezar por mí! ¡Gracias!
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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 10 de junio de 2024
3. Encuentro del S. P. León XIV con los Miembros de la Asociación Nacional de Municipios Italianos (ANCI)
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con ustedes!
Eminencia,
queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos.
Me es grato encontrarme con todos ustedes, que representan a la Asociación Nacional de Municipios Italianos. Vivimos este encuentro en el tiempo de Navidad y al término de un año jubilar: la gracia de estos días ilumina sin duda también su servicio y sus responsabilidades.
La encarnación del Hijo de Dios nos hace encontrar a un niño, cuya mansa fragilidad se enfrenta a la prepotencia del rey Herodes. En particular, la matanza de los inocentes que él ordenó no solo significa la pérdida del futuro para la sociedad, sino que es manifestación de un poder inhumano, que no conoce la belleza del amor porque ignora la dignidad de la vida humana.
Por el contrario, el nacimiento del Señor revela el aspecto más auténtico de todo poder, que es ante todo responsabilidad y servicio. Para que cualquier autoridad pueda expresar estas características, es necesario encarnar las virtudes de la humildad, la honestidad y el compartir. En su compromiso público, en particular, son conscientes de lo importante que es la escucha, como dinámica social que activa estas virtudes. Se trata, de hecho, de prestar atención a las necesidades de las familias y de las personas, cuidando especialmente de los más frágiles, por el bien de todos.
La crisis demográfica y las dificultades de las familias y los jóvenes, la soledad de los ancianos y el grito silencioso de los pobres, la contaminación del medio ambiente y los conflictos sociales son realidades que no les dejan indiferentes. Mientras tratan de dar respuestas, saben bien que nuestras ciudades no son lugares anónimos, sino rostros e historias que hay que custodiar como tesoros preciosos. En este trabajo, se convierten en alcaldes día tras día, creciendo como administradores justos y fiables.
A este respecto, sirva de ejemplo el venerable Giorgio La Pira, quien, en un discurso a los concejales de Florencia, afirmaba: «Ustedes tienen un solo derecho frente a mí: ¡el de negarme su confianza! Pero no tienen derecho a decirme: Señor alcalde, no se preocupe por las personas sin trabajo (despedidos o desempleados), sin hogar (desahuciados), sin asistencia (ancianos, enfermos, niños). Es mi deber fundamental. Si hay alguien que sufre, tengo un deber preciso: intervenir de todas las maneras posibles, con todos los recursos que el amor sugiere y que la ley proporciona, para que ese sufrimiento se reduzca o se alivie. No hay otra norma de conducta para un alcalde en general y para un alcalde cristiano en particular» (Escritos, VI, p. 83).
La cohesión social y la armonía cívica requieren, en primer lugar, escuchar a los más pequeños y a los pobres: sin este compromiso, «la democracia se atrofia, se convierte en nominalismo, una formalidad, pierde representatividad, se va desencarnando porque deja afuera al pueblo en su lucha cotidiana por la dignidad, en la construcción de su destino» (Francisco, Discurso, 5 de noviembre de 2016). Tanto ante las dificultades como ante las oportunidades de desarrollo, los exhorto a convertirse en maestros de la dedicación al bien común, favoreciendo una alianza social por la esperanza.
Al término del Jubileo, comparto gustosamente con ustedes este importante tema, que mi amado predecesor, el papa Francisco, señaló en la Bula de convocación. Todos, escribía, «necesitan recuperar la alegría de vivir, porque el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Génesis 1, 26), no puede conformarse con sobrevivir o subsistir mediocremente, amoldándose al momento presente y deja1ndose satisfacer solamente por realidades materiales. Eso nos encierra en el individualismo y corroe la esperanza, generando una tristeza que se anida en el corazón, volviéndonos desagradables e intolerantes» (Spes non confundit, 9).
Lamentablemente, nuestras ciudades conocen formas de marginación, violencia y soledad que deben ser abordadas. Quisiera llamar la atención, en particular, sobre la lacra del juego, que arruina a muchas familias. Las estadísticas registran un fuerte aumento en Italia en los últimos años. Como subraya Cáritas Italiana en su último Informe sobre pobreza y exclusión social, se trata de un grave problema educativo, de salud mental y de confianza social. No podemos olvidar tampoco otras formas de soledad que padecen muchas personas: trastornos psíquicos, depresiones, pobreza cultural y espiritual, abandono social. Son señales que indican cuánta necesidad hay de esperanza. Para dar testimonio de ella de manera eficaz, la política está llamada a tejer relaciones auténticamente humanas entre los ciudadanos, promoviendo la paz social.
Don Primo Mazzolari, sacerdote atento a la vida de su pueblo, escribía que «el país no solo necesita alcantarillado, casas, carreteras, acueductos y aceras. El país también necesita una forma de sentir, de vivir, una forma de mirarse, una forma de fraternizar» (Discursos, Bolonia 2006, 470). La actividad administrativa encuentra así su plena realización, porque hace crecer los talentos de las personas, dando profundidad cultural y espiritual a las ciudades.
Queridísimos, tengan, entonces, el valor de ofrecer esperanza a la gente, proyectando juntos el mejor futuro para sus tierras, en la lógica de una promoción humana integral. Mientras les agradezco su disponibilidad para servir a la comunidad, los acompaño en la oración, para que, con la ayuda de Dios, puedan afrontar eficazmente sus responsabilidades, compartiendo el compromiso con sus colaboradores y conciudadanos. A ustedes y a sus familias les imparto de corazón la bendición apostólica y les deseo lo mejor para el nuevo año. ¡Gracias!
Oremos juntos: Padre Nuestro...
[Bendición]
¡Feliz año nuevo y buena peregrinación!
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Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, 29 de diciembre de 2025
4. Audiencia del S. P. León XIV a los Prefectos de Italia, 16.02.2026
Tomado y
traducido de:
https://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino/pubblico/2026/02/16/0132/00261.html
Esta mañana, en el Palacio Apostólico
Vaticano, el Santo Padre León XIV recibió en audiencia a los Prefectos de
Italia.
A continuación se presenta el discurso
del Papa a los presentes:
Señor Ministro,
Distinguidos Prefectos,
Os dirijo un cordial saludo a cada uno de
vosotros y os agradezco esta visita, que confirma vuestro compromiso de
colaborar, según vuestros respectivos roles, en favor del bien de la sociedad
italiana. Vuestro Patrono, San Ambrosio de Milán, encarna un excelente ejemplo
de la convergencia entre Estado e Iglesia: de ser prefecto de esa gran ciudad,
que fue la capital del Imperio, se convirtió en su obispo por reconocimiento
popular, como se suele decir. Tras este rápido paso, Ambrosio ejerció sus
funciones públicas de una manera nueva, poniendo al servicio del pueblo la
autoridad espiritual con la que había sido investido.
En la Antigüedad tardía, cierta afinidad
entre el papel prefectural y el ministerio episcopal se indica en los nombres y
títulos con los que se indicaban tanto la gestión de los asuntos públicos como
la administración de la comunidad cristiana. Tanto los ciudadanos de Roma como
los discípulos de Jesús estaban de hecho organizados en diócesis, es
decir, en circunscripciones bajo cuya cabeza estaban entonces los prefectos
pretorianos, ahora los episkopoi, es decir, los obispos, aquellos que
observan al pueblo como buenos pastores.
Esta relación histórica sigue marcando
hoy vuestra misión, orientada a servir al Estado garantizando el orden público
y la seguridad de todos los ciudadanos. Especialmente nuestro tiempo, marcado
por conflictos y tensiones internacionales, pone de manifiesto la importancia
de proteger el bien común, que es irreducible a los aspectos materiales, ya que
concierne ante todo al patrimonio moral y espiritual de la República Italiana.
Estos valores encuentran en la convivencia civil la mejor condición para la
difusión y el progreso.
Al supervisar la armonía social, el
Prefecto contribuye a proteger el requisito inalienable de la libertad y los
derechos de los ciudadanos. Toda la población se beneficia de este servicio,
especialmente los grupos más débiles. De hecho, cuando el espacio cívico está
libre de desorden, los pobres encuentran más fácil acogerse, los mayores
experimentan mayor tranquilidad, mejoran los servicios para las familias, los
enfermos y los jóvenes, y favorecen una visión más segura del futuro.
El orden público no se limita, por tanto,
a la lucha diligente contra el crimen o a la prevención de disturbios
perjudiciales. También llama a un compromiso tenaz contra aquellas formas de
violencia, falsedades e incorrecciones que hieren al organismo social. Por el
lado positivo, sus tareas de supervisión tienen como propósito el cuidado de
las relaciones sociales y la construcción de acuerdos cada vez más eficientes
entre las instituciones centrales del Estado, las autoridades locales y los
ciudadanos.
En este sentido, es útil recordar una
enseñanza de San Agustín, quien recibió el bautismo de San Ambrosio. El obispo
de Hipona escribió: "Los que mandan están al servicio de quienes parecen
ser comandados. Porque no descartan por desvergüenza de dominio, sino por deber
de cuidado; no con la arrogancia de prevalecer, sino con la bondad de
proveer" (De civitate Dei, XIX, 14). Este principio básico está en
consonancia con las disposiciones de la Constitución italiana, que en el
artículo 98 establece: "Los empleados públicos están al servicio exclusivo
de la Nación". Al sancionar esta exclusividad, el dictado constitucional
da fe del sentido nacido de vuestro noble servicio, que ciertamente responde a
las leyes del Estado, pero aún más a la conciencia que las conoce, las
comprende y las aplica con firmeza y justicia. Por un lado, de hecho, las leyes
son la expresión de la voluntad popular, por otro la conciencia se convierte en
intérprete de tu humanidad personal: ambos deben mantenerse libres de presión,
ejerciendo tanto rigor como magnanimidad como virtudes bien templadas en
hombres rectos.
Sabéis bien qué disciplina interior se
requiere para gobernar y promover el orden del pensamiento, antes que el de la
República; precisamente por esta razón, servir a la nación significa dedicarse
con la mente clara y una conciencia integral a la comunidad, es decir, al bien
común del pueblo italiano. En este sentido, el alto cargo que ocupáis requiere
un testimonio doble. El primero se logra en colaboración entre los diferentes
órganos y niveles administrativos del Estado. El segundo se lleva a cabo
vinculando la responsabilidad profesional y la conducta de la vida, como
ejemplo de dedicación dada a vuestros conciudadanos, especialmente a las nuevas
generaciones. En este sentido, espero que su autoridad contribuya a mejorar la
imagen burocrática y coopere para que el cuidado de la sociedad sea cada vez
más virtuoso.
Especialmente en situaciones de
emergencia, ante desastres o peligros, vuestro papel os permite expresar de la
mejor manera los valores de solidaridad, valentía y justicia que honran a la
República Italiana. La profundidad ética de vuestro servicio también distingue
los retos que traen las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial,
que ahora también se aplican en la administración pública. Estas herramientas
deben ser cuidadosamente gobernadas no solo para proteger los datos personales,
sino para el beneficio de todos, sin abusos elitistas.
Cultivando un estilo de ciudadanía
consciente, honesta y activa, debéis saber que siempre podéis contar con la
colaboración y el respeto de la Iglesia. Las relaciones constructivas que
mantienen con los obispos diocesanos fomentan en particular la acogida de
migrantes y las muchas formas de apoyo a los necesitados que nos llevan a
trabajar juntos en primera línea, así como la gestión de otros asuntos
prácticos como las fábricas. La fe de la comunidad cristiana y los valores
religiosos que encarna contribuyen así al crecimiento cultural y social de
Italia.
Distinguidas damas y caballeros, mientras
deseo a cada uno de vosotros las mejores satisfacciones, os bendigo
cordialmente, a vuestro servicio y a vuestras familias.
[00261-IT.02] [Testo
originale: Italiano]

