La Santa Sede:
Comunicaciones sobre
el Deporte y las Artes
Contenido
1. Carta del Santo Padre León XIV “La vida en abundancia”
sobre el valor del Deporte, del 6 de febrero de 2026
1. Carta del Santo Padre León XIV “La vida en abundancia” sobre el
valor del Deporte, del 6
de febrero de 2026
Queridos hermanos y hermanas:
Con ocasión de la celebración
de los XXV Juegos Olímpicos Invernales, que se realizarán entre Milán y Cortina
d’Ampezzo del 6 al 22 de febrero próximo, y de los XIV Juegos Paralímpicos, que
tendrán lugar en las mismas localidades, del 6 al 15 de marzo, deseo dirigir un
saludo y los mejores deseos a cuantos están directamente implicados y, al mismo
tiempo, aprovechar la oportunidad para proponer una reflexión destinada a
todos. La práctica deportiva, lo sabemos, puede tener una naturaleza
profesional, de altísima especialización; en esta forma corresponde a la
vocación de pocos, aun suscitando admiración y entusiasmo en el corazón de
tantos, que vibran al ritmo de las victorias o de las derrotas de los atletas.
Pero el ejercicio del deporte es una actividad común, abierta a todos y
saludable para el cuerpo y para el espíritu, hasta el grado de constituir una
expresión universal de lo humano.
Deporte y
construcción de la paz
Con motivo de los anteriores
Juegos Olímpicos, mis predecesores han subrayado cómo el deporte puede tener un
rol importante para el bien de la humanidad, en particular para la promoción de
la paz. Por ejemplo, san Juan Pablo II, dirigiéndose a los jóvenes atletas
provenientes de todo el mundo en 1984, citó la Carta olímpica,[1] que
considera el deporte como un factor que requiere «un espíritu de mejor
comprensión mutua y amistad, contribuyendo así a construir un mundo mejor y más
pacífico». Él animó a los participantes con estas palabras: «Hagan que sus
encuentros sean un signo emblemático para toda la sociedad y un preludio de esa
nueva era, en la cual “no levantará la espada una nación contra otra” (Is 2,4)».[2]
En esta línea se sitúa la
Tregua olímpica, que en la antigua Grecia era un acuerdo dirigido a suspender
las hostilidades antes, durante y después de los Juegos Olímpicos, para que los
atletas y los espectadores pudieran viajar libremente y las competiciones
pudieran realizarse sin interrupciones. La institución de la Tregua surge de la
convicción de que la participación en competiciones reglamentadas (agones)
constituye un camino individual y colectivo hacia la virtud y la excelencia (aretē).
Cuando el deporte se practica en este espíritu y en estas condiciones, se
promueve la maduración de la cohesión comunitaria y del bien común.
La guerra, por el contrario,
nace de la radicalización del desacuerdo y del rechazo de cooperar los unos con
los otros. El adversario es entonces considerado como un enemigo mortal, a
quien hay que aislar y, si es posible, eliminar. Las trágicas evidencias de
esta cultura de muerte están ante nuestros ojos —vidas truncadas, sueños
destrozados, traumas de los supervivientes, ciudades destruidas— como si la
convivencia humana se redujera superficialmente al escenario de un videojuego.
Pero esto no debe hacernos olvidar nunca que la agresividad, la violencia y la
guerra son siempre «una derrota de la humanidad».[3]
Acertadamente, la Tregua
olímpica ha sido propuesta de nuevo en tiempos recientes por el Comité Olímpico
Internacional y la Asamblea General de las Naciones Unidas. En un mundo
sediento de paz, necesitamos instrumentos que pongan «fin a la prepotencia, a
la exhibición de la fuerza y al desinterés por el derecho».[4] Aliento
vivamente a todas las naciones, con ocasión de los próximos Juegos Olímpicos y
Paralímpicos invernales, a redescubrir y respetar este instrumento de esperanza
que es la Tregua olímpica, símbolo y profecía de un mundo reconciliado.
El valor formativo
del deporte
«Yo he venido para que las
ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Estas
palabras de Jesús nos ayudan a comprender el interés de la Iglesia por el
deporte y el modo en el que el cristiano se acerca a él. Jesús puso siempre a
las personas en el centro, se ocupó de ellas, deseando para cada una la
plenitud de la vida. Por eso, como afirmó san Juan Pablo II, la persona humana
«es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su
misión».[5] La persona, por tanto, según la visión cristiana,
debe permanecer siempre en el centro del deporte en todas sus expresiones,
incluso en las de excelencia agonística y profesional.
A la luz de esto, en los
escritos de san Pablo, conocido como el Apóstol de las gentes, podemos
encontrar una sólida base de dicha conciencia. En el tiempo en el que él
escribía, los griegos ya poseían desde hacía mucho tiempo tradiciones
atléticas. Por ejemplo, la ciudad de Corinto patrocinaba los juegos ístmicos
cada dos años desde el siglo VI a.C; por ello, escribiendo a los corintios,
Pablo recurrió a imágenes deportivas para introducirlos en la vida cristiana:
«¿No saben que —escribe— en el estadio todos corren, pero uno solo gana el
premio? Corran, entonces, de manera que lo ganen. Los atletas se privan de
todo, y lo hacen para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio,
por una corona incorruptible» (1 Co 9,24-25).
Siguiendo la tradición
paulina, muchos autores cristianos utilizaron imágenes atléticas como metáforas
para describir las dinámicas de la vida espiritual; y esto, hasta hoy, nos hace
reflexionar sobre la profunda unidad entre las diferentes dimensiones del ser
humano. Si bien no faltan, en épocas pasadas, escritos cristianos
—influenciados por filosofías dualistas— que tienen una visión más bien
negativa del cuerpo, el hilo conductor de la teología cristiana ha subrayado la
bondad del mundo material afirmando que la persona es unidad de cuerpo, alma y
espíritu. En efecto, los teólogos de la antigüedad y del medioevo refutaron con
fuerza las doctrinas gnósticas y maniqueas, precisamente porque consideraban el
mundo material y el cuerpo humano como intrínsecamente malos. Según estás
concepciones, el fin de la vida espiritual consistiría en liberarse del mundo y
del cuerpo. Por el contrario, los teólogos cristianos apelaron a las
convicciones fundamentales de la fe: la bondad del mundo creado por Dios, el hecho
de que el Verbo se hizo carne y la resurrección de la persona en su armonía
entre cuerpo y alma.
Esta comprensión positiva de
la realidad física favoreció el desarrollo de una cultura en la que el cuerpo,
unido al espíritu, estuviera plenamente involucrado en las prácticas
religiosas: en las peregrinaciones, las procesiones, los dramas sacros, los sacramentos
y la oración que hace uso de imágenes, estatuas y varias formas de
representación.
Con la consolidación del
cristianismo en el Imperio Romano, los espectáculos deportivos típicos de la
cultura romana —en particular los combates entre gladiadores— iniciaron
progresivamente a perder relevancia social. Sin embargo, la edad media estuvo
marcada por la aparición de nuevas formas de práctica deportiva, como los
torneos caballerescos, en los que la Iglesia concentró su atención ética,
contribuyendo también a reinterpretarlos en clave cristiana, como lo testimonia
la predicación del abad san Bernardo de Claraval.
En el mismo periodo, la
Iglesia reconoció el valor formativo del deporte, gracias también al aporte de
figuras como Hugo de San Víctor y santo Tomás de Aquino. Hugo, en su obra Didascalicon,
destacó la importancia de las actividades gimnásticas en el currículo de los
estudios, ayudando a configurar el sistema educativo medieval.[6]
La reflexión de santo Tomás de
Aquino sobre el juego y el ejercicio físico ponía en primer plano la
“moderación” como trato fundamental de una vida virtuosa. Según Tomás, esta
última no se refiere sólo al trabajo o a las ocupaciones consideradas serias, sino
que necesita también tiempo para el juego y el descanso. Escribe el Aquinate:
«está la autoridad de San Agustín, quien dice […]: Quiero que seas
indulgente contigo mismo, porque conviene que el sabio relaje de vez en vez el
rigor de su aplicación a las cosas que debe hacer. Ahora bien: esta
relajación del ánimo respecto de las cosas que deben hacerse se realiza
mediante palabras y acciones de recreo. Luego conviene que el sabio y el
virtuoso recurran a ellas alguna vez».[7] Tomás reconoce que
las personas juegan porque el juego es fuente de placer y, por tanto, lo
practican por sí mismo. Respondiendo a una objeción según la cual un acto
virtuoso debe ser dirigido a un fin, él observa que «las acciones lúdicas no se
ordenan a ningún fin extrínseco, sino que se ordenan al bien del que juega,
porque le son agradables o le proporcionan descanso».[8] Esta
“ética del juego” elaborada por Tomás de Aquino ejercitó una notable influencia
en la predicación y en la educación.
El deporte,
escuela de vida y areópago contemporáneo
Se situaba en esta larga
tradición al humanista Michel de Montaigne cuando, en un ensayo sobre la
educación, escribía: «No se educa a un alma, ni se educa a un cuerpo; se educa
a un hombre: no hay que dividirlo en dos».[9] Este es el motivo
que él aduce para justificar la inserción de la educación física y del deporte
en la jornada escolar. Estos principios fueron aplicados en las escuelas de los
jesuitas, avalados por los escritos de san Ignacio de Loyola, en particular por
las Constituciones de la Compañía de Jesús y la Ratio
Studiorum.[10]
En ese contexto se incorporan
también las obras de grandes educadores, desde san Felipe Neri a san Juan
Bosco. Este último, por medio de la promoción de los oratorios, estableció un
puente privilegiado entre la Iglesia y las nuevas generaciones, haciendo
también del deporte un espacio de evangelización.[11] En esta
línea, se puede recordar también la encíclica Rerum novarum (1891)
de León XIII, que estimuló el surgimiento de numerosas asociaciones deportivas
católicas, respondiendo así, en el plano pastoral, a las cambiantes exigencias
de la vida moderna —piénsese en las condiciones de los trabajadores después de
la revolución industrial— y a las nuevas costumbres emergentes.[12]
Entre los siglos XIX y XX, el
fenómeno deportivo se volvió colectivo. Además, nacieron los Juegos Olímpicos
de la era moderna (1896). Laicos y pastores dedicaron una mirada más atenta y
sistemática a esa realidad. A partir del pontificado de san Pío X (1903-1914),
se registra un creciente interés por el deporte, testimoniado por numerosas
declaraciones pontificias. En ellas, la Iglesia católica, por medio de la voz
de los Papas, propuso una visión del deporte centrada en la dignidad de la
persona humana, en su desarrollo integral, en su educación y en su relación con
los demás, evidenciando su valor universal como instrumento de promoción de
valores tales como la fraternidad, la solidaridad y la paz. Emblemática es la
pregunta planteada por el venerable Pío XII en un discurso dirigido a los
atletas italianos en 1945: «¿Cómo podría la Iglesia no interesarse [en el
deporte]?».[13]
El Concilio Vaticano II
expresó su valoración positiva del deporte en el ámbito más amplio de la
cultura, recomendando que se empleen «los descansos oportunamente para
distracción del ánimo y para consolidar la salud del espíritu y del cuerpo, […]
con ejercicios y manifestaciones deportivas, que ayudan a conservar el
equilibrio espiritual, incluso en la comunidad, y a establecer relaciones
fraternas entre los hombres de todas las clases, naciones y razas».[14] Gracias
a la lectura de los signos de los tiempos, ha crecido, por tanto, la conciencia
eclesial de la importancia de la práctica deportiva. El Concilio representó un
florecimiento en este campo; se desarrolló la reflexión sobre el deporte en
relación a la vida de fe y una multiplicidad de experiencias pastorales en
ámbito deportivo han revelado en los decenios sucesivos su fuerza generativa.
También los Dicasterios de la Santa Sede han promovido válidas iniciativas en
diálogo con este ámbito humano.[15]
Muy significativos han sido
dos Jubileos del Deporte celebrados por san Juan Pablo II: el primero el 12 de
abril de 1984, en el Año de la Redención; el segundo el 29 de octubre de 2000,
en el Estadio Olímpico de Roma. En esta misma línea se ha situado el Jubileo
del 2025, que ha relanzado de manera explícita el valor cultural, educativo y
simbólico del deporte como lenguaje humano universal de encuentro y de
esperanza. Esta perspectiva impulsó la decisión de acoger en el Vaticano el
Giro de Italia, la gran competición ciclística que, además de ser un evento
deportivo, es también un relato popular capaz de atravesar territorios,
generaciones y diferencias sociales, y de hablar al corazón de la comunidad
humana en camino.
Más allá de los lugares de más
antigua tradición cristiana, parece evidente que el deporte esté ampliamente
presente en las culturas de las que tenemos testimonio. Incluso aquellas
tradicionalmente orales han dejado rastros de campos de juego, instrumentos
atléticos, además de imágenes o esculturas ligadas a sus prácticas deportivas.
Hay, por tanto, mucho que aprender también de las tradiciones deportivas de las
culturas indígenas, de los países africanos y asiáticos, de las Américas y de
otras regiones del mundo.
Todavía hoy, el deporte sigue
desempeñando un rol significativo en la mayor parte de las culturas. Ofrece un
espacio privilegiado de relación y de diálogo con nuestros hermanos y hermanas
pertenecientes a otras tradiciones religiosas, así como con quienes no se
reconocen en ninguna de ellas.
Deporte y
desarrollo de la persona
Algunos estudiosos de las
ciencias sociales pueden ayudarnos a comprender mejor el significado humano y
cultural del deporte y, por consiguiente, su significado espiritual. Un ejemplo
relevante está representado por las investigaciones sobre la llamada flow experience (o
“flujo”) en el deporte y en otros ámbitos de la cultura.[16] Dicha
experiencia se verifica generalmente entre personas comprometidas en una
actividad que requiere concentración y habilidad, cuando el nivel de desafío
corresponde o es levemente superior al nivel ya adquirido. Pensemos, por
ejemplo, en un intercambio prolongado en el tenis; el motivo por el cual esta
es una de las partes más entretenidas de un partido es que cada jugador empuja
al otro hasta el límite de su propio nivel de habilidad. La experiencia es
estimulante y los dos jugadores se incitan mutuamente a mejorar; esto vale
tanto para dos niños de diez años cuanto para dos campeones profesionales.
Numerosas investigaciones han
reconocido que las personas no están motivadas sólo por el dinero o la fama,
sino que pueden experimentar una alegría y recompensas intrínsecas en las
actividades que realizan, es decir, llevándolas a cabo y apreciándolas por su
propio valor. En particular, se ha observado que las personas experimentan
alegría cuando se entregan plenamente a una actividad o a una relación y
superan el lugar en el que se encontraban, con una especie de movimiento
progresivo. Dichas dinámicas favorecen el crecimiento de la persona en su
totalidad.
Durante una experiencia
deportiva, además, a menudo la persona concentra completamente su atención en
lo que está haciendo. Se verifica una fusión entre acción y conciencia, hasta
el punto de que no queda espacio para una atención explícita dirigida hacia sí
misma. En este sentido, la experiencia interrumpe la tendencia al egocentrismo.
Al mismo tiempo, las personas describen un sentido de unión con lo que les
rodea. En los deportes de equipo, esto suele vivirse como un vínculo o una
unidad con los compañeros; el jugador ya no está replegado sobre sí mismo,
porque forma parte de un grupo que tiende hacia un objetivo común. El Papa
Francisco ha destacado varias veces este aspecto al animar a los jóvenes
atletas a ser jugadores de equipo. Por ejemplo, ha dicho: «desarrollad el juego
de equipo, de équipe. Pertenecer a una sociedad deportiva quiere
decir rechazar toda forma de egoísmo y de aislamiento, es la ocasión para
encontrarse y estar con los demás, para ayudarse mutuamente, para competir en
la estima recíproca y crecer en la fraternidad».[17]
Cuando los deportes de equipo
no están contaminados por el culto al lucro, los jóvenes “se ponen en juego” en
relación a algo que para ellos es mucho más importante. Se trata de una
oportunidad educativa formidable. No siempre es fácil reconocer las propias
capacidades o comprender cómo estas puedan ser útiles al equipo. Además,
trabajar junto a los coetáneos conlleva a veces la necesidad de afrontar
conflictos y gestionar frustraciones y fracasos. También es necesario aprender
a perdonar (cf. Mt 18,21-22). De ese modo, se forman las
virtudes personales, cristianas y civiles fundamentales.
Los entrenadores desarrollan
un rol fundamental en la creación de ambientes donde estas dinámicas puedan ser
vividas, acompañando a los jugadores por medio de ellas. Dada la complejidad
humana involucrada, es de gran ayuda cuando un entrenador está animado por
valores espirituales. Hay muchos entrenadores de este tipo, tanto en las
comunidades cristianas y en otras realidades educativas, como a nivel
agonístico y de élite profesional. Ellos describen con frecuencia la cultura
del equipo como basada en el amor, que respeta y sostiene a cada persona,
alentándola a expresar lo mejor de sí para el bien del grupo. Cuando un joven
forma parte de un equipo así, aprende algo esencial sobre lo que significa ser
humano y crecer. En efecto, «sólo juntos nos convertimos auténticamente en
nosotros mismos. Sólo en el amor se profundiza nuestra interioridad y se
fortalece nuestra identidad».[18]
Ampliando aún más la mirada,
es importante recordar que, precisamente porque el deporte es fuente de alegría
y favorece el desarrollo personal y las relaciones sociales, debería ser
accesible a todas las personas que desean practicarlo. En algunas sociedades
que se consideran avanzadas, donde el deporte está organizado según el
principio del “pagar para jugar”, los niños provenientes de familias y
comunidades más pobres no pueden permitirse las cuotas de participación y
quedan excluidos. En otras sociedades, a las jóvenes y a las mujeres no se les
permite practicar deportes. A veces, en la formación a la vida religiosa,
especialmente femenina, persisten desconfianzas y temores hacia la actividad
física y deportiva. Es necesario, por tanto, esforzarse para que el deporte sea
accesible a todos. Esto es muy importante para la promoción de la persona. Me
lo han confirmado los conmovedores testimonios de miembros del Equipo Olímpico
de Refugiados, o de participantes en las Paralimpíadas, las Olimpíadas Especiales
y la Copa Mundial de Fútbol Calle. Como hemos visto, los auténticos valores del
deporte se abren naturalmente a la solidaridad y a la inclusión.
Los riesgos que
ponen en peligro los valores deportivos
Después de haber considerado
cómo el deporte contribuye al desarrollo de las personas y favorece el bien
común, debemos ahora señalar las dinámicas que pueden comprometer dichos
resultados. Esto sucede sobre todo por una forma de “corrupción” que está a la
vista de todos. En muchas sociedades, el deporte está estrechamente vinculado
con la economía y las finanzas. Es evidente que el dinero es necesario para
sostener las actividades deportivas promovidas por las instituciones públicas,
por otros organismos civiles e instituciones educativas, así como las
instituciones privadas a nivel agonístico y profesional. Los problemas aparecen
cuando el negocio se convierte en la motivación principal o exclusiva; entonces
las decisiones ya no están movidas por la dignidad de las personas, ni por
aquello que favorece al bien del atleta y a su desarrollo integral o al de la
comunidad.
Cuando se busca maximizar las
ganancias, se sobrevalora lo que puede ser medido o cuantificado, en detrimento
de dimensiones humanas de importancia incalculable: “sólo cuenta lo que puede
ser contado”. Esta mentalidad invade el deporte cuando la atención se concentra
obsesivamente en los resultados alcanzados y en las sumas de dinero que se
pueden obtener de la victoria. En muchos casos, incluso a nivel aficionado, los
imperativos y los valores del mercado han llegado a oscurecer otros valores
humanos del deporte, que, en cambio, merecen ser custodiados.
El Papa Francisco ha llamado
la atención sobre los efectos negativos que estas dinámicas pueden causar en
los atletas, afirmando: «Cuando el deporte viene considerado únicamente en
conformidad a los parámetros económicos o de persecución de la victoria a toda
costa, se corre el peligro de reducir a los atletas a una mera mercancía
lucrativa. Los mismos atletas entran en un mecanismo que los arrastra, pierden
el verdadero sentido de su actividad, esa alegría de jugar que les atraía de
niños y que les empujó a hacer tantos sacrificios para convertirse en
campeones. El deporte es armonía, pero si prevalece una búsqueda desmedida del
dinero y del éxito, esta armonía se interrumpe».[19]
También los atletas de alto
nivel y profesionales, cuando el interés económico se vuelve el objetivo
principal o exclusivo, corren el riesgo de concentrarse en sí mismos y en el
rendimiento, debilitando la dimensión comunitaria del juego y traicionando su
dimensión social y cívica. El deporte, en cambio, es una actividad que posee
valores compartidos por todos aquellos que participan en él y es capaz de
humanizar la convivencia, incluso en situaciones difíciles. Por el contrario,
una atención desproporcionada al dinero concentra la mirada de manera explícita
y reductiva sobre uno mismo. También en este caso es aplicable el dicho de
Jesús: «Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6,24).
Un peligro particular emerge
cuando los beneficios económicos que derivan del éxito en el deporte son
considerados más importantes que el valor intrínseco de la participación; la
dictadura del rendimiento puede inducir al uso de sustancias dopantes y de otras
formas de fraude, y puede conducir a los jugadores de deportes en equipo a
concentrarse en su propio bienestar económico más que en la lealtad hacia su
disciplina. Cuando los incentivos financieros se vuelven el único criterio,
puede suceder que individuos y equipos dobleguen sus resultados a la corrupción
y a la intromisión de la industria de los juegos de azar. Estas diversas formas
de fraude no sólo corrompen las actividades deportivas en sí mismas, sino que
contribuyen además a la desilusión del gran público y a socavar el aporte
positivo del deporte a la sociedad en general.
Competición y
cultura del encuentro
Ampliando la mirada a nivel de
las competiciones deportivas, también estas pueden desarrollar un papel
importante para favorecer la unidad entre las personas. Es interesante que la
palabra competición deriva de dos raíces latinas: cum —“juntos”—
y petere —“pedir”. En una competición, por tanto, se puede
decir que dos personas o dos equipos buscan juntos la excelencia. No son
enemigos mortales. Y en el tiempo que precede o que sigue a la competición
existe, por lo general, la oportunidad de encontrarse y conocerse.
Precisamente por eso la
competición deportiva, cuando es auténtica, presupone un pacto ético
compartido: la aceptación leal de las reglas y el respeto de la autenticidad
del enfrentamiento. El rechazo del dopaje y de toda forma de corrupción, por
ejemplo, es una cuestión no sólo disciplinar, sino que afecta al corazón mismo
del deporte. Alterar artificialmente el rendimiento o comprar el resultado
significa romper la dimensión del cum-petere, transformando la
búsqueda común de la excelencia en una imposición individual o parcial.
El deporte verdadero, en
cambio, educa a una relación serena con el límite y con la norma. El límite es
un umbral para vivir; es lo que hace significativo el esfuerzo, inteligible el
progreso y reconocible el mérito. La norma es la “gramática” compartida que
hace posible el juego mismo. Sin reglas no hay competición ni encuentro, sino
sólo caos o violencia. Aceptar los límites del propio cuerpo, del tiempo y del
esfuerzo, y respetar las reglas comunes significa reconocer que los logros
nacen de la disciplina, de la perseverancia y de la lealtad.
En este sentido, el deporte
también ofrece una lección decisiva más allá del campo de juego; enseña que se
puede aspirar al máximo sin negar la propia fragilidad, que se puede vencer sin
humillar, que se puede perder sin quedar derrotados como personas. La justa
competición protege así una dimensión profundamente humana y comunitaria; no
separa, sino que pone en relación; no absolutiza el resultado, sino que valora
el camino; no idolatra el rendimiento, sino que reconoce la dignidad del que
juega.
La competición justa y la
cultura del encuentro no conciernen sólo a los jugadores, sino también a los
espectadores y a los simpatizantes. El sentido de pertenencia al propio equipo
puede ser un elemento muy significativo de la identidad de muchos aficionados;
ellos comparten las alegrías y frustraciones de sus héroes y hallan un sentido
de comunidad con los otros seguidores. Esto es generalmente un factor positivo
en la sociedad, fuente de rivalidad amistosa y de bromas jocosas, pero puede
resultar problemático cuando se transforma en un modo de polarización que
conduce a la violencia verbal y física. Entonces, de expresión de apoyo y
participación, la afición se transforma en fanatismo; el estadio se vuelve un
lugar de enfrentamiento más que de encuentro. Aquí el deporte no une, sino que
divide; no educa, sino que deseduca, porque reduce la identidad personal a una
pertenencia ciega y opositora. Esto es particularmente preocupante cuando la
afición se vincula con otras formas de discriminación política, social y
religiosa, y se utiliza indirectamente para expresar formas más profundas de
resentimiento y odio.
Las competiciones
internacionales, en particular, ofrecen una ocasión privilegiada para
experimentar nuestra común humanidad en la riqueza de sus diversidades. En
efecto, hay algo profundamente emotivo en las ceremonias de apertura y de
clausura de los Juegos Olímpicos, cuando vemos a los atletas desfilar con las
banderas nacionales y los trajes típicos de sus países. Experiencias como éstas
pueden inspirarnos y recordarnos que estamos llamados a formar una única
familia humana. Los valores promovidos por el deporte —como la lealtad, el
compartir, la acogida, el diálogo y la confianza en los demás— son comunes a
toda persona, independientemente de la procedencia étnica, la cultura y la
religión.[20]
Deporte, relación
y discernimiento
El deporte nace como
experiencia relacional; pone en contacto los cuerpos y, a través de los
cuerpos, las historias, las diferencias y las pertenencias. Entrenar juntos,
competir lealmente, compartir el esfuerzo y la alegría del juego favorece el
encuentro y construye vínculos que superan barreras sociales, culturales y
lingüísticas. En este sentido, el deporte es un poderoso facilitador de
relaciones sociales que crea comunidad, educa al respeto de las reglas comunes
y enseña que ningún resultado es fruto de un camino solitario. Sin embargo,
precisamente porque moviliza pasiones profundas, el deporte lleva consigo
también límites.
El significado educativo del
deporte se revela de manera particular en la relación entre victoria y derrota.
Vencer no es simplemente prevalecer, sino reconocer el valor del itinerario
realizado, de la disciplina, del esfuerzo compartido. Perder, por su parte, no
coincide con el fracaso de la persona, sino que puede convertirse en una
escuela de verdad y de humildad. El deporte educa de ese modo a una comprensión
más profunda de la vida, en la que el éxito nunca es definitivo y la caída
nunca tiene la última palabra. Aceptar la derrota sin desesperación y la
victoria sin arrogancia significa aprender a vivir la realidad con madurez,
reconociendo los propios límites y las propias posibilidades.
No es extraño, además, que el
deporte sea revestido de una función casi religiosa. Los estadios se perciben
como catedrales laicas, los partidos son liturgias colectivas, los atletas como
figuras salvíficas. Esta sacralización revela una auténtica necesidad de
sentido y de comunión, pero corre el riesgo de vaciar tanto el deporte como la
dimensión espiritual de la existencia. Cuando el deporte pretende sustituir a
la religión, pierde su carácter de juego y de servicio a la vida, volviéndose
absoluto, totalizante, incapaz de relativizarse a sí mismo.
En este contexto se inserta
también el peligro del narcisismo, que atraviesa hoy toda la cultura deportiva.
El atleta puede quedar fijado al espejo del propio cuerpo vigoroso, del propio
éxito medido en visibilidad y aprobación. El culto a la imagen y al
rendimiento, amplificado por las redes sociales y las plataformas digitales,
amenaza con fragmentar a la persona, separando el cuerpo de la mente y del
espíritu. Es urgente reafirmar un cuidado integral de la persona humana, en la
que el bienestar físico no se separe del equilibrio interior, de la
responsabilidad ética y de la apertura a los demás. Es necesario redescubrir
las figuras que hayan unido pasión deportiva, sensibilidad social y santidad.
Entre los numerosos ejemplos que podría mencionar, quiero recordar a san Pier
Giorgio Frassati (1901-1925), joven turinés que unía perfectamente fe, oración,
compromiso social y deporte. Pier Giorgio era un apasionado del alpinismo y
organizaba con frecuencia excursiones con sus amigos. Ir a la montaña, sumergirse
en esos escenarios majestuosos, le hacía contemplar la grandeza del Creador.
Otra distorsión se manifiesta
en la instrumentalización política de las competiciones deportivas
internacionales. Cuando el deporte se somete a lógicas de poder, de propaganda
o de supremacía nacional, se traiciona su vocación universal. Las grandes manifestaciones
deportivas deberían ser lugares de encuentro y de admiración recíproca, no
escenarios para la afirmación de intereses políticos o ideológicos.
Los desafíos contemporáneos se
intensifican ulteriormente con el impacto del transhumanismo y de la
inteligencia artificial en el mundo del deporte. Las tecnologías aplicadas al
rendimiento amenazan con introducir una separación artificial entre cuerpo y
mente, transformando al atleta en un producto optimizado, controlado,
potenciado más allá de los límites naturales. Cuando la técnica deja de estar
al servicio de la persona y pretende redefinirla, el deporte pierde su
dimensión humana y simbólica, convirtiéndose en un laboratorio de
experimentación desencarnada.
En contraste con estas
desviaciones, el deporte conserva una extraordinaria capacidad inclusiva.
Practicado de manera adecuada, abre espacios de participación para personas de
cualquier edad, condición social y habilidad, convirtiéndose en instrumento de
integración y dignidad.
En esta perspectiva se sitúa
la experiencia de Athletica Vaticana. Creada en el 2018 como equipo
oficial de la Santa Sede y bajo la guía del Dicasterio para la Cultura y la
Educación, da testimonio de cómo el deporte puede ser vivido también como
servicio eclesial, sobre todo hacia los más pobres y los más frágiles. Aquí el
deporte no es espectáculo, sino proximidad; no es selección, sino
acompañamiento; no es competición exasperada, sino camino compartido.
Finalmente, es preciso
interrogarse sobre la creciente asimilación del deporte con la lógica de los
videojuegos. La “gamificación” extrema de la práctica deportiva, la reducción
de la experiencia a puntuaciones, niveles y rendimiento repetibles, corre el
riesgo de desanclar el deporte del cuerpo real y de la relación concreta. El
juego, que es siempre riesgo, imprevisto y presencia, es sustituido por una
simulación que promete control total y gratificación inmediata. Recuperar el
valor auténtico del deporte significa, entonces, restituirle su dimensión
encarnada, educativa y relacional, para que siga siendo una escuela de
humanidad y no un mero dispositivo de consumo.
Una pastoral del
deporte para la vida en abundancia
Una pastoral válida del
deporte nace de la conciencia de que el deporte es uno de los lugares donde se
forman imaginarios, se plasman estilos de vida y se educa a las jóvenes
generaciones. Por eso es necesario que las Iglesias particulares reconozcan el deporte
como espacio de discernimiento y acompañamiento, que merece un compromiso de
orientación humano y espiritual. En esta perspectiva, resulta oportuno que en
el seno de las Conferencias episcopales haya oficinas o comisiones dedicadas al
deporte, donde elaborar y coordinar la propuesta pastoral, poniendo en diálogo
las realidades deportivas, educativas y sociales presentes en los diferentes
territorios. El deporte, de hecho, atraviesa parroquias, escuelas,
universidades, oratorios, asociaciones y barrios; estimular una visión
compartida permite evitar la fragmentación y valorizar las experiencias ya
existentes.
A nivel local, el nombramiento
de un responsable diocesano y la constitución de equipos pastorales para el
deporte responde a la misma necesidad de proximidad y continuidad. El
acompañamiento pastoral del deporte no se agota en momentos celebrativos, sino
que se realiza a lo largo del tiempo, compartiendo los esfuerzos, las
expectativas, las decepciones y las esperanzas de quienes viven a diario el
campo, el gimnasio y la calle. Este acompañamiento se refiere tanto al fenómeno
deportivo en su conjunto —con sus transformaciones culturales y económicas—,
como a las personas concretas que lo conforman. La Iglesia está llamada a
acercarse allí donde el deporte se vive como profesión, como competición de
alto nivel, como oportunidad de éxito o de exposición mediática, pero teniendo
especialmente en cuenta el deporte de base, a menudo marcado por la escasez de
recursos, pero muy rico en relaciones.
Una buena pastoral del deporte
puede contribuir significativamente a la reflexión sobre la ética deportiva. No
se trata de imponer normas desde fuera, sino de iluminar desde dentro el
sentido de la acción deportiva, mostrando cómo la búsqueda del resultado puede
convivir con el respeto al otro, a las reglas y a sí mismo. En particular, la
armonía entre el desarrollo físico y el desarrollo espiritual debe considerarse
como dimensión constitutiva de una visión integral de la persona humana. El
deporte se convierte así en un lugar donde aprender a cuidar de uno mismo sin
idolatrarse, a superarse sin anularse, a competir sin perder la fraternidad.
Pensar y poner en práctica el
deporte como herramienta comunitaria abierta e inclusiva es otra tarea
decisiva. El deporte puede y debe ser un espacio acogedor, capaz de involucrar
a personas de diferentes orígenes sociales, culturales y físicos. La alegría de
estar juntos, que nace del juego compartido, del entrenamiento común y del
apoyo mutuo, es una de las expresiones más sencillas y profundas de la
humanidad reconciliada.
En este horizonte, los
deportistas constituyen un modelo que debe ser reconocido y acompañado. Su
experiencia cotidiana habla de ascetismo y sobriedad, de trabajo paciente sobre
sí mismos, de equilibrio entre disciplina y libertad, de respeto por los ritmos
del cuerpo y de la mente. Estas cualidades pueden iluminar toda la vida social.
La vida espiritual, a su vez, ofrece a los deportistas una visión que va más
allá del rendimiento y del resultado. Introduce el sentido del ejercicio como
práctica que forma la interioridad. Ayuda a dar sentido al esfuerzo, a vivir la
derrota sin desesperación y el éxito sin presunción, transformando el
entrenamiento en disciplina de lo humano.
Todo esto encuentra su
horizonte último en la promesa bíblica que da título a esta Carta: la vida en
abundancia. No se trata de una acumulación de éxitos o logros, sino de una
plenitud de vida que integra el cuerpo, las relaciones y la interioridad. Desde
el punto de vista cultural, la vida en abundancia invita a liberar al deporte
de lógicas reduccionistas que lo convierten en mero espectáculo o consumo. En
clave pastoral, exhorta a la Iglesia a una presencia capaz de acompañar,
discernir y generar esperanza. Así, el deporte puede llegar a ser
verdaderamente una escuela de vida, en la que se aprende que la abundancia no
nace de la victoria a cualquier precio, sino del compartir, del respeto y de la
alegría de caminar juntos.
Vaticano, 6 de
febrero de 2026
LEÓN PP. XIV
Notas:
[1] Comité Olímpico Internacional, Olympic Charter 1984,
Losanna 1983, 6.
[2] S. Juan Pablo II, Homilía en la Santa Misa por el Jubileo de
los deportistas (12 abril 1984), 3.
[3] Id., Discurso al Cuerpo Diplomático (13 enero
2003), 4.
[4] Encuentro internacional por la paz. Religiones y culturas en
diálogo (Roma, 28 octubre 2025).
[5] S. Juan Pablo II, Carta enc. Redemptor hominis (4
marzo 1979), 14.
[6] Cf. H. de San Víctor, Didascalicon, II, XXVII,
Washington 1939, 44.
[7] Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 168,
art. 2.
[8] Ibíd., I-II, q. 1, art. 6, ad 1.
[9] M. de Montaigne, Les Essais, I, 25, París
2007, 171.
[10] Cf. M. Kelly, I cattolici e lo sport. Una
visione storica e teologica, en La Civiltà Cattolica, 2014, IV,
567-568.
[11] Cf. A. Stelitano - A. M. Dieguez - Q.
Bortolato, I Papi e lo sport, Ciudad del Vaticano 2015.
[12] Cf. León XIII, Carta enc. Rerum novarum (15 mayo
1891), 36.
[13] Pío XII, Discurso a los atletas italianos (20 mayo
1945).
[14] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 61.
[15] Cf. Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, “Dar
lo mejor de uno mismo”. Documento sobre la perspectiva cristiana del deporte y
la persona humana (1 junio 2018).
[16] Cf. M. Csikszentmihalyi, Beyond Boredom
and Anxiety. The Experience of Play in Work and Games, San
Francisco 1975.
[17] Francisco, Discurso a los participantes en el encuentro
organizado por el Centro Deportivo Italiano (7 junio 2014).
[18] Encuentro con las autoridades, representantes de la
sociedad civil y el Cuerpo diplomático (Ankara, Türkiye, 27 noviembre
2025).
[19] Francisco, Discurso a los Comités Olímpicos Europeos (23
noviembre 2013).
[20] Cf. Francisco, Discurso a los deportistas y a los
organizadores del partido de fútbol por la paz (1 septiembre 2014).
[00210-ES.01] [Texto original: Italiano]


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