El Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965):
Relectura de sus documentos a 60 años de su celebración,
por el S. P. León XIV
- Audiencia general del 7 de enero de 2026: El Concilio Vaticano II a través de sus documentos. Catequesis introductoria.
- Audiencia general del 14 de enero de 2026: Los documentos del Concilio Vaticano II: Catequesis: I. Constitución dogmática Dei Verbum. 1. Dios habla a los hombres como amigos.
- Audiencia general del 21 de enero de 2026: Los documentos del Concilio Vaticano II: Catequesis: I. Constitución dogmática Dei Verbum. 2. Jesucristo, revelador del Padre.
- Audiencia general del 28 de enero de 2026: Los documentos del Concilio Vaticano II: Catequesis: I. Constitución dogmática Dei Verbum: 3. Un único depósito sagrado. La relación entre la Escritura y la Tradición.
- Audiencia general del 4 de febrero de 2026: Los documentos del Concilio Vaticano II: I. Constitución dogmática Dei Verbum: 4. La Sagrada Escritura: Palabra de Dios en palabras humanas.
- Audiencia general del 11 de febrero de 2026: Los documentos del Concilio Vaticano II: I. Constitución dogmática Dei Verbum: 5. La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia
- Audiencia general del 18 de febrero de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II_ II. Constitución dogmática Lumen gentium: 1. El misterio de la Iglesia, sacramento de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano
- Audiencia general del 4 de marzo de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución dogmática Lumen gentium: 2. La Iglesia, realidad visible y espiritual, sacramento de la Unión con Dios y de la unidad de todo el género humano
- Audiencia general del 11 de marzo de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución dogmática Lumen gentium: 3. La Iglesia pueblo de Dios
- Audiencia general del 18 de marzo de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución dogmática Lumen gentium: 4. La Iglesia, pueblo sacerdotal y profético
- Audiencia general del 25 de marzo de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución dogmática Lumen gentium: 5. Sobre el fundamento de los Apóstoles. La Iglesia en su dimensión jerárquica
- Audiencia general del 1º de abril de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución dogmática Lumen gentium: 6. Piedras vivas en la Iglesia y testigos en el mundo: los laicos en el pueblo de Dios
- Audiencia general del 8 de abril de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución dogmática Lumen gentium: 7. La santidad y los consejos evangélicos en la Iglesia
- Audiencia general del 6 de mayo de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución dogmática Lumen gentium: 8. La Iglesia, peregrina en la historia hacia la patria celestial.
- Audiencia general del 13 de mayo de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II: II. Constitución dogmática Lumen gentium: 9. La Virgen María, modelo de la Iglesia.
- Audiencia general del 20 de mayo de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II: III. Constitución Sacrosantum Concilium: 1. La liturgia en el misterio de la Iglesia.
- Audiencia general del 27 de mayo de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II: III. Constitución Sacrosantum Concilium: 2. La reforma de la liturgia: tradición y desarrollo.
- Audiencia general del 3 de junio de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II: III. Constitución Sacrosantum Concilium: 3. El rito, el signo, el símbolo.
- Audiencia general del 24 de junio de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II: III. Constitución Sacrosantum Concilium: 4. El misterio eucarístico
- Audiencia general del 5 de agosto de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II: III. Constitución Sacrosantum Concilium: 5. La oración de la Iglesia
- Audiencia general del 12 de agosto de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II: III. Constitución Sacrosantum Concilium: 6. El año litúrgico
- Audiencia general del 19 de agosto de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II: III. Constitución Sacrosantum Concilium: 7. La música sagrada
1. Audiencia general del 7 de enero de 2026:
El Concilio Vaticano II a través de sus documentos.
Catequesis introductoria.
Después del Año jubilar, durante el cual nos hemos detenido sobre los misterios de la vida de Jesús, empezamos un nuevo ciclo de catequesis que se dedicará al Concilio Vaticano II y a la relectura de sus Documentos. Se trata de una ocasión valiosa para redescubrir la belleza y la importancia de este evento eclesial. San Juan Pablo II, al final del Jubileo del 2000, afirmaba así: «Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX» (Cart. ap. Novo millennio ineunte, 57).
Junto al aniversario del Concilio de Nicea, en el 2025 hemos recordado los sesenta años del Concilio Vaticano II. Aunque el tiempo que nos separa de este evento no es mucho, también es verdad que la generación de Obispos, teólogos y creyentes del Vaticano II hoy ya no están. Por tanto, mientras sentimos la llamada a no apagar la profecía y seguir buscando caminos y formas para implementar las intuiciones, será importante conocerlo nuevamente de cerca, y hacerlo no a través “de oídas” o de interpretaciones que se han dado, sino releyendo sus Documentos y reflexionando sobre su contenido. De hecho, se trata del Magisterio que constituye todavía hoy la estrella polar del camino de la Iglesia. Como enseñaba Benedicto XVI «los documentos conciliares no han perdido su actualidad con el paso de los años; al contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada» (Primer mensaje después de la misa con los cardenales electores, 20 abril de 2005).
Cuando el Papa san Juan XXIII abrió la asamblea conciliar, el 11 de octubre de 1962, habló de ello como de la aurora de un día de luz para toda la Iglesia. El trabajo de los numerosos Padres convocados, procedentes de las Iglesias de todos los continentes, en efecto allanó el camino para una nueva época eclesial. Después de una rica reflexión bíblica, teológica y litúrgica que había atravesado el siglo XX, el Concilio Vaticano II ha redescubierto el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos; ha mirado a la Iglesia a la luz del Cristo, luz de las gentes, como misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios y su pueblo; ha iniciado una importante reforma litúrgica poniendo en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de todo el Pueblo de Dios. Al mismo tiempo, nos ha ayudado a abrirnos al mundo y a acoger los cambios y los desafíos de la época moderna en el diálogo y en la corresponsabilidad, como una Iglesia que desea abrir los brazos hacia la humanidad, hacerse eco de las esperanzas y de las angustias de los pueblos y colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más fraterna.
Gracias al Concilio Vaticano II, «la Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio» (S. Pablo VI, Cart. enc. Ecclesiam suam, 34), comprometiéndose a buscar la verdad a través del camino del ecumenismo, del diálogo interreligioso y del diálogo con las personas de buena voluntad.
Este espíritu, esta actitud interior, debe caracterizar nuestra vida espiritual y la acción pastoral de la Iglesia, porque todavía debemos realizar más plenamente la reforma eclesial en clave ministerial y, delante de los desafíos actuales, estamos llamados a seguir siendo atentos intérpretes de los signos de los tiempos, alegres anunciadores del Evangelio, valientes testigos de justicia y de paz. Mons. Albino Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, como Obispo de Vittorio Veneto, al principio del Concilio escribió proféticamente: «Existe como siempre la necesidad de realizar no tanto organismos o métodos o estructuras, sino santidad más profunda y extensa. […] Puede ser que los frutos excelentes y abundantes de un Concilio se vean después de siglos y maduren superando laboriosamente contrastes y situaciones adversas». [1] Redescubrir el Concilio, por tanto, como ha afirmado el Papa Francisco, nos ayuda a «volver a dar la primacía a Dios, a lo esencial, a una Iglesia que esté loca de amor por su Señor y por todos los hombres que Él ama» ( Homilía en el 60° aniversario de inicio del Concilio Vaticano II, 11 de octubre 2022).
Hermanos y hermanas, lo que dijo san Pablo VI a los Padres conciliares al final de los trabajos, permanece también para nosotros, hoy, un criterio de orientación; él afirmó que había llegado la hora de la salida, de dejar la asamblea conciliar para ir al encuentro de la humanidad y llevarle la buena noticia del Evangelio, en la conciencia de haber vivido un tiempo de gracia en el que se condensaba pasado, presente y futuro: «El pasado, porque está aquí reunida la Iglesia de Cristo, con su tradición, su historia, sus concilios, sus doctores, sus santos. El presente, porque nos separamos para ir al mundo de hoy, con sus miserias, sus dolores, sus pecados, pero también con sus prodigiosos éxitos, sus valores, sus virtudes... El porvenir está allí, en fin, en el llamamiento imperioso de los pueblos para una mayor justicia, en su voluntad de paz, en su sed, consciente o inconsciente, de una vida más elevada: la que precisamente la Iglesia de Cristo puede y quiere darles» (S. Pablo VI, Mensaje a los Padres conciliares, 8 de diciembre de 1965).
También es así para nosotros. Acercándonos a los Documentos del Concilio Vaticano II y redescubriendo la profecía y la actualidad, acogemos la rica tradición de la vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, nos interrogamos sobre el presente y renovamos la alegría de correr al encuentro del mundo para llevar el Evangelio del reino de Dios, reino de amor, de justicia y de paz.
_______________
Notas:
[1] A. Luciani – Giovanni Paolo I, Notas sobre el Concilio, en Opera omnia, vol. II, Vittorio Veneto 1959-1962. Discursos, escritos, artículos, Padua 1988, 451-453.
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2. Audiencia general del 14 de enero de 2026: Los documentos del Concilio Vaticano II:
I. Constitución dogmática Dei Verbum.
1. Dios habla a los hombres como amigos
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260114-udienza-generale.html
Hemos iniciado el ciclo de catequesis sobre el Concilio Vaticano II. Hoy comenzamos a profundizar en la Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina Revelación. Se trata de uno de los documentos más bellos y más importantes de la asamblea conciliar; para introducirnos en él, puede sernos útil recordar las palabras de Jesús: «Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre» (Jn 15, 15). Este es un punto fundamental de la fe cristiana que nos recuerda la Dei Verbum: Jesucristo transforma radicalmente la relación del hombre con Dios; de ahora en adelante, será una relación de amistad. Por eso, la única condición de la nueva alianza es el amor.
Al comentar este pasaje del cuarto Evangelio, San Agustín insiste en la perspectiva de la gracia, que es la única que puede hacernos amigos de Dios en su Hijo (Comentario al Evangelio de Juan, Homilía 86). Efectivamente, un antiguo lema decía: “Amicitia aut pares invenit, aut facit”, “la amistad o nace entre iguales o los hace tales”. Nosotros no somos iguales a Dios, pero Dios mismo nos hace semejantes a Él en su Hijo.
Por eso, como podemos ver en todas las Escrituras, en la Alianza hay un primer momento de distancia, ya que el pacto entre Dios y el hombre permanece siempre asimétrico: Dios es Dios y nosotros somos criaturas. Pero con la venida del Hijo en la carne humana, la Alianza se abre a su fin último: en Jesús, Dios nos hace hijos y nos llama a hacernos semejantes a Él a pesar de nuestra frágil humanidad. Nuestra semejanza con Dios, entonces, no se alcanza mediante la transgresión y el pecado, como sugirió la serpiente a Eva (cfr. Gen 3,5), sino en la relación con el Hijo hecho hombre.
Las palabras del Señor Jesús que hemos recordado – “Yo los llamo amigos” – son retomadas en la Constitución Dei Verbum, que afirma: «Por esta revelación, Dios invisible (cfr. Col 1,15; 1Tm 1,17) habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor, y mora con ellos (cfr. Bar 3,38), para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (n. 2). El Dios del Génesis ya se manifestó a nuestros primeros padres, dialogando con ellos (cfr. Dei Verbum, 3); y cuando este diálogo se interrumpió a causa del pecado, el Creador no dejó de procurar encontrarse con sus criaturas y establecer una alianza con ellas cada vez. En la Revelación cristiana, es decir, cuando Dios se hace carne en su Hijo para venir a buscarnos, el diálogo que se había interrumpido se restablece de manera definitiva: la Alianza es nueva y eterna, nada nos puede separar de su amor. La Revelación de Dios, por tanto, posee el carácter dialógico de la amistad y, como sucede en la experiencia de la amistad humana, no soporta el mutismo, sino que se alimenta del intercambio de palabras verdaderas.
La Constitución Dei Verbum nos recuerda también esto: Dios nos habla. Es importante comprender la diferencia entre la palabra y la charla: esta última se detiene en la superficie y no realiza una comunión entre las personas, mientras que en las relaciones auténticas, la palabra no sólo sirve para intercambiar informaciones y noticias, sino también para revelar quiénes somos. La palabra posee una dimensión reveladora que crea una relación con el otro. Así, hablándonos, Dios se nos revela como Aliado que nos invita a la amistad con Él.
Desde esta perspectiva, la primera actitud que hemos de cultivar es la escucha, para que la Palabra divina pueda penetrar en nuestras mentes y en nuestros corazones. Al mismo tiempo, estamos llamados a hablar con Dios, no para comunicarle lo que Él ya sabe, sino para revelarnos a nosotros mismos.
De ahí la necesidad de la oración, en la que estamos llamados a vivir y a cultivar la amistad con el Señor. Esto se realiza, primeramente, en la oración litúrgica y comunitaria, en la que no somos nosotros quienes decidimos qué escuchar de la Palabra de Dios, sino que es Él mismo quien nos habla por medio de la Iglesia. Además, se cumple en la oración personal, que tiene lugar en el interior del corazón y de la mente. Durante la jornada y la semana del cristiano no puede faltar el tiempo dedicado a la oración, a la meditación y a la reflexión. Sólo cuando hablamos con Dios podemos también hablar de Él.
Nuestra experiencia nos dice que las amistades pueden terminar a causa de algún gesto clamoroso de ruptura, o también por una serie de desatenciones cotidianas que desgastan la relación hasta romperla. Si Jesús nos llama a ser sus amigos, intentemos no desoír su llamada. Acojámosla, cuidemos esta relación, y descubriremos que la amistad con Dios es nuestra salvación.
3. Audiencia general del 21 de enero de 2026: Los documentos del Concilio Vaticano II
I. Constitución dogmática Dei Verbum.
2. Jesucristo, revelador del Padre
Texto tomado y traducido de:
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/it/audiences/2026/documents/20260121-udienza-generale.html
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Continuamos
la catequesis sobre la Constitución Dogmática Dei
Verbum del Concilio
Vaticano II, sobre la Revelación divina. Hemos
visto que Dios se revela en un diálogo de pacto, en el que se dirige
a nosotros como amigos. Por tanto, es una cuestión de conocimiento
relacional, que no solo comunica ideas, sino que comparte una historia y
llama a la comunión en reciprocidad. El cumplimiento de esta revelación se
logra en un encuentro histórico y personal en el que Dios mismo se entrega a
nosotros, haciéndose presente, y nosotros nos descubrimos conocidos en nuestra
verdad más profunda. Esto es lo que ocurrió en Jesucristo. El Documento
dice que la verdad interior tanto de Dios como de la salvación del hombre
brilla hacia nosotros en Cristo, que es tanto mediador como plenitud de toda
revelación (cf. DV,
2).
Jesús nos revela al Padre involucrándonos en su relación con Él. En el Hijo enviado por
Dios Padre, "los hombres ... pueden presentarse al Padre en el Espíritu
Santo y son hechos participantes de la naturaleza divina" (ibid.).
Por tanto, alcanzamos el pleno conocimiento de Dios entrando en la relación del
Hijo con su Padre, por la acción del Espíritu. Por ejemplo, el evangelista
Lucas da testimonio de esto cuando nos cuenta la oración de júbilo del Señor:
"En esa misma hora, Jesús se regocijó en el Espíritu Santo y dijo: «Te
alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, que has ocultado estas cosas de
los sabios y eruditos y las has revelado a los pequeños. Sí, oh Padre, porque
así has decidido en tu benevolencia. Todas las cosas me han sido dadas por mi
Padre, y nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino
el Hijo, y aquel a quien el Hijo desea revelarlo»" (Lc 10,21-22).
Gracias
a Jesús conocemos a Dios tal y como nos conoce (cf. Gál 4,9; 1 Cor
13,13). De hecho, en Cristo, Dios se ha comunicado a nosotros y, al mismo
tiempo, nos ha manifestado nuestra verdadera identidad como hijos, creados a
imagen de la Palabra. Esta "Palabra eterna ilumina a todos los
hombres" (DV,
4), revelando su verdad en la mirada del Padre: "Tu Padre, que ve en lo
secreto, te recompensará" (Mt 6,4.6.8), dice Jesús; y añade que
"el Padre conoce nuestras necesidades” (cf. Mt 6,32). Jesucristo es
el lugar donde reconocemos la verdad de Dios Padre al descubrir que somos
conocidos por Él como hijos en el Hijo, llamados al mismo destino de vida
plena. San Pablo escribe: "Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió
a su Hijo, ... para que podamos recibir adopción como hijos. Y que sois hijos
queda demostrado por el hecho de que Dios envió a nuestros corazones al
Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba! ¡Padre!»" (Gál 4,4-6).
Finalmente,
Jesucristo es el revelador del Padre con su propia humanidad. Precisamente
porque es el Verbo Encarnado que habita entre los hombres, Jesús nos revela a
Dios con su verdadera e integral humanidad: "Por eso", dice el
Concilio, " ver al cual es ver al
Padre” (cf. Jn 14:9), con toda su presencia y manifestación, con sus
palabras y obras, con sus signos y maravillas,
y sobre todo por su muerte y gloriosa resurrección de entre los muertos,
y finalmente por el envío del Espíritu de la verdad, completa la revelación
cumpliéndola" (DV,
n. 4). Para conocer a Dios en Cristo debemos aceptar su humanidad
integral: la verdad de Dios no se revela plenamente cuando algo se le quita al
humano, así como la integridad de la humanidad de Jesús no disminuye la
plenitud del don de Dios. Es el humano integral de Jesús quien nos dice la
verdad del Padre (cf. Jn 1,18).
Lo
que nos salva y nos llama no es sólo la muerte y resurrección de Jesús, sino su
propia persona: el Señor que se encarna, nace, cuida, enseña, sufre, muere,
resucita y permanece entre nosotros. Por lo tanto, para honrar la grandeza de
la Encarnación, no basta con considerar a Jesús como el canal para la
transmisión de verdades intelectuales. Si Jesús tiene un cuerpo real, la
comunicación de la verdad de Dios se realiza en ese cuerpo, con su propia forma
de percibir y sentir la realidad, con su manera de habitar y recorrer el mundo.
El propio Jesús nos invita a compartir su mirada sobre la realidad: “Mirad a
las aves del cielo”, dice, “no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros;
sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis
más que ellas?" (Mt 6:26).
Hermanos
y hermanas, siguiendo el camino de Jesús hasta el final, llegamos a la certeza
de que nada puede separarnos del amor de Dios: "Si Dios está a favor nuestro",
escribe San Pablo, "¿quién puede estar en nuestra contra? Él, que no
perdonó a su propio Hijo, [...] ¿no nos dará todas las cosas con él?" (Rom
8,31-32). Gracias a Jesús, el cristiano conoce a Dios Padre y se entrega a él
con confianza.
4. Audiencia general del 28 de enero de 2026: Los Documentos del Concilio
Vaticano II
I. Constitución dogmática Dei
Verbum
3. Un único depósito sagrado. La relación
entre la Escritura y la Tradición.
Tomado de:
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260128-udienza-generale.html
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y
bienvenidos!
Continuando con la lectura de la Constitución conciliar Dei
Verbum sobre la Revelación divina, hoy reflexionamos sobre la
relación entre la Sagrada Escritura y la Tradición. Podemos tomar como fondo
dos escenas evangélicas. En la primera, que tiene lugar en el Cenáculo, Jesús,
en su gran discurso-testamento dirigido a los discípulos, afirma: «Os he dicho
estas cosas mientras estoy todavía con vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu
Santo que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo
lo que yo os he dicho. […] Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará
a la verdad completa» (Jn 14,25-26; 16,13).
La segunda escena nos lleva, en cambio, a las colinas de Galilea. Jesús
resucitado se muestra a los discípulos, que están sorprendidos y dudosos, y les
da una consigna: «Id y haced discípulos a todas las naciones, […] enseñándoles
a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20). En ambas
escenas es evidente la íntima relación entre la palabra pronunciada por Cristo
y su difusión a lo largo de los siglos.
Es lo que afirma el Concilio
Vaticano II recurriendo a una imagen sugerente: «La Sagrada Escritura
y la Sagrada Tradición están estrechamente unidas y se comunican entre sí.
Puesto que ambas proceden de la misma fuente divina, forman en cierto modo un
todo y tienden al mismo fin» (Dei
Verbum, 9). La Tradición eclesial se ramifica a lo largo de la historia
a través de la Iglesia, que custodia, interpreta y encarna la Palabra de Dios.
El Catecismo
de la Iglesia Católica (cf. n.
113) remite, a este respecto, a un lema de los Padres de la Iglesia: «La
Sagrada Escritura está escrita en el corazón de la Iglesia antes que en
instrumentos materiales», es decir, en el texto sagrado.
Siguiendo las palabras de Cristo que hemos citado anteriormente, el
Concilio afirma que «la Tradición de origen apostólico progresa en la Iglesia
con la ayuda del Espíritu Santo» (DV,
8). Esto ocurre con la plena comprensión mediante «la reflexión y el estudio de
los creyentes», a través de la experiencia que nace de «una inteligencia más
profunda de las cosas espirituales» y, sobre todo, con la predicación de los
sucesores de los apóstoles que han recibido «un carisma seguro de la verdad».
En resumen, «la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y
transmite a todas las generaciones todo lo que cree» (ibíd.).
Famosa es, a este respecto, la expresión de San Gregorio Magno: «La
Sagrada Escritura crece con quienes la leen». [1] Y ya San Agustín había afirmado que
«uno solo es el discurso de Dios que se desarrolla en toda la Escritura y uno
solo es el Verbo que resuena en boca de tantos santos». [2] La Palabra de Dios, por lo tanto, no
está fosilizada, sino que es una realidad viva y orgánica que se desarrolla y
crece en la Tradición. Esta última, gracias al Espíritu Santo, la comprende en
la riqueza de su verdad y la encarna en las coordenadas cambiantes de la
historia.
Sugestivo, en esta línea, es lo que proponía el santo Doctor de la
Iglesia John Henry Newman, en su obra titulada El desarrollo de la
doctrina cristiana. Afirmaba que el cristianismo, sea como experiencia
comunitaria, sea como doctrina, es una realidad dinámica, tal y como indicó el
mismo Jesús con las parábolas de la semilla (cf. Mc 4,26-29):
una realidad viva que se desarrolla gracias a una fuerza vital interior. [3]
El apóstol Pablo exhorta repetidamente a su discípulo y colaborador
Timoteo: «Timoteo, guarda el depósito que se te ha confiado» (1
Tm 6,20; cf. 2 Tm 1,12.14). La Constitución
dogmática Dei
Verbum se hace eco de este texto paulino cuando dice: «La Sagrada
Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un único depósito de
la Palabra de Dios confiado a la Iglesia», interpretado por «el magisterio vivo
de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo» (n.
10). «Depósito» es un término que, en su matriz original, es de naturaleza
jurídica e impone al depositario el deber de conservar el contenido, que en
este caso es la fe, y de transmitirlo intacto.
El «depósito» de la Palabra de Dios está también hoy en manos de la
Iglesia, y todos nosotros, en los distintos ministerios eclesiales, debemos
seguir custodiándolo en su integridad, como una estrella polar para nuestro
camino en la complejidad de la historia y de la existencia.
En conclusión, queridos hermanos, escuchemos de nuevo la Dei
Verbum, que exalta la interconexión entre la Sagrada Escritura y la
Tradición: ambas —afirma— están tan unidas y entrelazadas entre sí que no
pueden subsistir independientemente, y juntas, según su propio modo, bajo la
acción de un solo Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las
almas (cfr n.
10).
Notas:
[1] Homilías sobre Ezequiel I, VII,
8: PL 76, 843D.
[2] Enarrationes in Psalmos 103,
IV, 1
[3] Cfr. J.H. Newman, Lo sviluppo della
dottrina cristiana, Milán 2003, p. 104.
5. Audiencia general del 4 de febrero de 2026: Los Documentos del Concilio Vaticano II
I. Constitución dogmática Dei Verbum
4. La Sagrada Escritura: Palabra de Dios en palabras humanas
Tomado de:
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260204-udienza-generale.html
Queridos hermanos y
hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
La Constitución
conciliar Dei
Verbum, sobre la cual estamos reflexionando en estas semanas, indica en
la Sagrada Escritura, leída en la Tradición viva de la Iglesia, un espacio
privilegiado de encuentro en el que Dios sigue hablando a los hombres y a las
mujeres de todos los tiempos, para que, escuchándolo, puedan conocerlo y
amarlo. Los textos bíblicos, sin embargo, no fueron escritos en un lenguaje
celestial o sobrehumano. Como también nos enseña la realidad cotidiana, de
hecho, dos personas que hablan lenguas diferentes no se entienden entre ellas,
no pueden entrar en diálogo, no logran establecer una relación. En algunos
casos, hacerse comprender por el otro es un primer acto de amor. Por esto Dios
elige hablar usando lenguajes humanos y, así, diferentes autores, inspirados
por el Espíritu Santo, han redactado los textos de la Sagrada Escritura. Como
recuerda el documento conciliar, «las palabras de Dios expresadas con lenguas
humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo
del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a
los hombres» (DV,
13). Por tanto, no sólo en sus contenidos, sino también en el lenguaje, la
Escritura revela la condescendencia misericordiosa de Dios hacia los hombres y
su deseo de hacerse cercano a ellos.
A lo largo de la
historia de la Iglesia, se ha estudiado la relación que se produce entre el
Autor divino y los autores humanos de los textos sagrados. Durante muchos
siglos, muchos teólogos se han preocupado por defender la inspiración divina de
la Sagrada Escritura, casi considerando a los autores humanos sólo como
instrumentos pasivos del Espíritu Santo. En tiempos más recientes, la reflexión
ha revalorizado la contribución de los hagiógrafos en la redacción de los
textos sagrados, hasta el punto de que el documento conciliar habla de Dios
como «autor» principal de la Sagrada Escritura, pero llama también a los
hagiógrafos «verdaderos autores» de los libros sagrados (cfr DV, 11).
Como observaba un agudo exégeta del siglo pasado, «rebajar la operación humana
a la de puro amanuense no es glorificar la operación divina». [1] ¡Dios no mortifica nunca al ser
humano y sus potencialidades!
Por tanto, si la
Escritura es palabra de Dios en palabras humanas, cualquier aproximación a ella
que descuide o niegue una de estas dos dimensiones resulta parcial. De ello se
desprende que una correcta interpretación de los textos sagrados no puede prescindir
del ambiente histórico en el que estos han madurado y de las formas literarias
utilizadas; es más, la renuncia al estudio de las palabras humanas de las que
Dios se ha servido, corre el riesgo de dar lugar a lecturas fundamentalistas o
espiritualistas de la Escritura, que traicionan su significado. Este principio
vale también para el anuncio de la Palabra de Dios: si pierde contacto con la
realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de los hombres, si utiliza un
lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, resulta ineficaz. En
cada época la Iglesia está llamada a proponer de nuevo la Palabra de Dios con
un lenguaje capaz de encarnarse en la historia y de alcanzar los corazones.
Como recordaba el Papa Francisco,
«cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original
del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de
expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado
para el mundo actual». [2]
Igualmente reductiva
es, por otra parte, una lectura de la Escritura que descuida su origen divino y
termina entendiéndola como una mera enseñanza humana, como algo que debe
estudiarse simplemente desde un punto de vista técnico o como sólo «un texto
del pasado». [3] Más bien, especialmente cuando se
proclama en el contexto de la liturgia, la Escritura pretende hablar a los
creyentes de hoy, tocar su vida presente con sus problemáticas, iluminar los
pasos a seguir y las decisiones que tienen que asumir. Esto solamente es
posible cuando el creyente lee e interpreta los textos sagrados bajo la guía
del mismo Espíritu que los inspiró (cfr. DV,
12).
En este sentido, la
Escritura sirve para alimentar la vida y la caridad de los creyentes, como
recuerda san Agustín: «El que juzga haber entendido las divinas escrituras […],
y con esta inteligencia no edifica este doble amor de Dios y del prójimo, aún no
las entendió». [4] El origen divino de la Escritura
recuerda también que el Evangelio, encomendado al testimonio de los bautizados,
incluso abrazando todas las dimensiones de la vida y de la realidad, las
trasciende: esto no se puede reducir a mero mensaje filantrópico o social, sino
que es anuncio alegre de la vida plena y eterna, que Dios nos ha donado en
Jesús.
Queridos hermanos y
hermanas, demos gracias al Señor porque, en su bondad, no permite que en
nuestras vidas falte el alimento esencial de su Palabra y oremos para que
nuestras palabras, y más aún nuestras vidas, no oscurezcan el amor de Dios que
en ellas se narra.
Notas
[1] L. Alonso Schökel, La parola
ispirata. La Bibbia alla luce della scienza del linguaggio, Brescia 1987,
70. ( La palabra inspirada. La Biblia a la luz de la ciencia del lenguaje).
[2] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 11.
[3] Benedicto XVI, Exhort. ap.
post-sin. Verbum
Domini (30 septiembre
2010), 35.
[4] S. Agustín, De doctrina christiana I, 36, 40.
6. Audiencia general del 11 de febrero de 2026:
Los Documentos del Concilio Vaticano II
I. Constitución dogmática Dei Verbum
5. La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260211-udienza-generale.html
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
En la catequesis de hoy nos
detendremos en la profunda y vital relación que existe entre la Palabra de Dios
y la Iglesia, relación expresada en la Constitución conciliar Dei
Verbum, en el capítulo sexto. La Iglesia es el lugar proprio de
la Sagrada Escritura. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, la Biblia nació
del pueblo de Dios, y está destinada al pueblo de Dios. En la comunidad
cristiana tiene, por así decir, su habitat: efectivamente, en la
vida y en la fe de la Iglesia encuentra el espacio donde revelar su significado
y manifestar su fuerza.
El Vaticano
II recuerda que «la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas
Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la
mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios
como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia». Además, «siempre
las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la
regla suprema de su fe» (Dei
Verbum, 21).
La Iglesia nunca deja de
reflexionar sobre el valor de las Sagradas Escrituras. Después del Concilio, un
momento muy importante a este respecto fue la Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Palabra de Dios
en la vida y en la misión de la Iglesia”, en octubre de 2008. El Papa Benedicto XVI recogió
sus frutos en la Exhortación postsinodal Verbum
Domini (30 de septiembre de 2010), en la que afirma: «Precisamente
el vínculo intrínseco entre Palabra y fe muestra que la auténtica hermenéutica
de la Biblia sólo es posible en la fe eclesial, que tiene su paradigma en el sí
de María. […] El lugar originario de la interpretación escriturística es la
vida de la Iglesia» (n. 29).
Por tanto, la Escritura
encuentra en la comunidad eclesial el ámbito en el que desarrollar su propia
tarea y alcanzar su fin: dar a conocer a Cristo y abrir al diálogo con Dios.
«La ignorancia de la Escritura – de hecho – es ignorancia de Cristo» [1]. Esta célebre frase de san Jerónimo nos
recuerda la finalidad última de la lectura y la meditación de la Escritura:
conocer a Cristo y, a través de Él, entrar en relación con Dios; relación que
puede ser entendida como una conversación, un diálogo. Y la Constitución Dei
Verbum nos presenta la Revelación precisamente como un diálogo en
el que Dios habla a los hombres como a amigos (cfr. DV,
2). Esto sucede cuando leemos la Biblia con una actitud interior de oración:
entonces Dios viene a nuestro encuentro y entra en conversación con nosotros.
La Sagrada Escritura, confiada
a la Iglesia y custodiada y explicada por ella, desempeña un papel activo: con
su eficacia y potencia, sostiene y fortalece la comunidad cristiana. Todos los
fieles están llamados a beber de esta fuente, sobre todo en la celebración de
la Eucaristía y de los demás sacramentos. El amor por las Sagradas Escrituras y
la familiaridad con ellas deben guiar a quien ejerce el ministerio de la
Palabra: obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas. El trabajo de los exégetas
y de cuantos practican las ciencias bíblicas es muy valioso; y en la Teología,
que tiene su fundamento y su alma en la Palabra de Dios, la Escritura ha de
ocupar el puesto central.
Lo que la Iglesia desea
ardientemente es que la Palabra de Dios pueda alcanzar a todos sus miembros y
nutrir su camino de fe. Pero la Palabra de Dios también empuja a la Iglesia más
allá de sí misma, la abre continuamente a la misión hacia todos. De hecho,
vivimos rodeados de multitud de palabras; sin embargo, ¡cuántas de ellas son
palabras vacías! A veces escuchamos también palabras sabias pero que no tocan
nuestro destino último. En cambio, la Palabra de Dios sacia nuestra sed de
sentido y de verdad sobre nuestra vida. Es la única Palabra siempre nueva:
revelándonos el misterio de Dios es inexhaurible, no cesa nunca de ofrecer sus
riquezas.
Queridos, viviendo en la
Iglesia se aprende que la Sagrada Escritura se refiere totalmente a Jesucristo,
y se experimenta que esta es la razón profunda de su valor y su potencia.
Cristo es la Palabra viviente del Padre, el Verbo de Dios hecho carne. Todas
las Escrituras anuncian su Persona y su presencia que salva, para todos
nosotros y para toda la humanidad. Abramos, entonces, el corazón y la mente
para acoger este don, siguiendo a María, Madre de la Iglesia.
____________________
Nota:
[1] S. Jerónimo, Comm. in Is., Prol.: PL 24,
17 B.
7. Audiencia general del 18 de febrero de 2026:
Los Documentos del Concilio Vaticano II
II. Constitución dogmática Lumen gentium
1. El misterio de la Iglesia, sacramento de la Unión con Dios y de la unidad de todo el género humano
Tomado de: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260218-udienza-generale.html
Queridos hermanos y
hermanas, buenos días y bienvenidos.
El Concilio
Vaticano II, a cuyos documentos estamos dedicando las catequesis, cuando
quiso describir la Iglesia se preocupó, ante todo, de explicar de dónde
proviene su origen. Para hacerlo, en la Constitución
dogmática Lumen gentium, aprobada el 21de noviembre de 1964,
tomó de las Cartas de San Pablo el término “misterio”. Eligiendo este vocablo
no quiso decir que la Iglesia es algo oscuro o incomprensible, como a veces
comúnmente se piensa cuando se escucha pronunciar la palabra “misterio”.
Exactamente lo contrario: de hecho, cuando San Pablo utiliza, sobre todo en la
Carta a los Efesios, esta palabra quiere indicar una realidad que antes estaba
escondida y que ahora ha sido revelada.
Se trata del plan de
Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción
reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la
cruz. Esto se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración
litúrgica: allí las diversidades se relativizan, lo que cuenta es encontrarse
juntos porque nos atrae el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de
separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2,14).
Para San Pablo el misterio es la manifestación de lo que Dios ha querido
realizar para la entera humanidad y se da a conocer en experiencias locales,
que gradualmente se dilatan hasta incluir a todos los seres humanos e incluso
al cosmos.
La condición de la
humanidad es una fragmentación que los seres humanos no son capaces de reparar,
aunque la tensión hacia la unidad habite en sus corazones. En esa condición se
inscribe la acción de Jesucristo, que, mediante el Espíritu Santo, venció a las
fuerzas de la división y al Divisor mismo. Encontrarse juntos celebrando,
habiendo creído en el anuncio del Evangelio, y vivido como atracción ejercitada
por la cruz de Cristo, que es la manifestación suprema del amor de Dios; y
sentirse convocados juntos por Dios: por eso se usa el término ekklesía,
es decir, asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas. Así pues,
hay una cierta coincidencia entre este misterio y la Iglesia: la Iglesia es el
misterio hecho perceptible.
Esta convocatoria,
precisamente porque es realizada por Dios, no puede, sin embargo, limitarse a
un grupo de personas, sino que está destinada a convertirse en experiencia de
todos los seres humanos. Por eso, el Concilio
Vaticano II, al inicio de la Constitución Lumen
gentium, afirma así: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea
signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el
género humano» (n. 1). Con el uso del término “sacramento” y la consiguiente
explicación, se quiere indicar que la Iglesia es en la historia de la humanidad
expresión de lo que Dios quiere realizar; por lo que, al mirarla se capta en
cierta medida el plan de Dios, el misterio: en este sentido la Iglesia es un
signo. Además, al término “sacramento” se añade también el de “instrumento”,
precisamente para indicar que la Iglesia es un signo activo. De hecho, cuando
Dios obra en la historia, involucra en su actividad a las personas que son
destinatarias de su acción. Es mediante la Iglesia que Dios alcanza su objetivo
de unir en sí mismo a las personas y de reunirlas entre ellas.
La unión con Dios
encuentra su reflejo en la unión de las personas humanas. Es esta la
experiencia de la salvación. No es casualidad que en la Constitución Lumen
gentium en el capítulo VII, dedicado al carácter escatológico de
la Iglesia peregrina, en el n. 48, se utiliza de nuevo la descripción de la
Iglesia como sacramento, con la especificación “de salvación”: «Porque Cristo –
dice el Concilio – levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos
(cf. Jn 12, 32 gr.); habiendo resucitado de entre los muertos (Rm 6, 9), envió
sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por El hizo a su Cuerpo, que
es la Iglesia, sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha
del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia
y, por medio de ella, unirlos a sí más estrechamente y para hacerlos partícipes
de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre».
Este texto permite
comprender la relación entre la acción unificadora de la Pascua de Jesús, que
es misterio de pasión, muerte y resurrección, y la identidad de la Iglesia. Al
mismo tiempo, nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de
Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive
como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada,
como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos.
8. Audiencia general del 4 de marzo de 2026:
Los Documentos del Concilio Vaticano II
II. Constitución dogmática Lumen gentium
2. La Iglesia, realidad visible y espiritual, sacramento de la Unión con Dios y de la unidad de todo el género humano
Tomado de: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260304-udienza-generale.html
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hoy seguimos profundizando en la Constitución conciliar Lumen gentium, constitución dogmática sobre la Iglesia.
En el primer capítulo, en el que se procura principalmente responder a la pregunta sobre qué es la Iglesia, ésta es descrita como «una realidad compleja» (n. 8). Ahora nos preguntamos: ¿en qué consiste tal complejidad? Alguien podría responder que la Iglesia es compleja en cuanto que es “complicada” y, por tanto, difícil de explicar; algún otro podría pensar que su complejidad deriva del hecho de que es una institución que cuenta con dos mil años de historia y con características diversas respecto a cualquier otra agrupación social o religiosa. Sin embargo, en latín la palabra “compleja” indica más bien la unión ordenada de aspectos o dimensiones diversos dentro de una misma realidad. Por eso, la Lumen gentium puede afirmar que la Iglesia es un organismo bien compaginado, en el que conviven la dimensión humana y la divina sin separación y sin confusión.
La primera dimensión se percibe inmediatamente, ya que la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, que comparten la alegría y el esfuerzo de ser cristianos que anuncian el Evangelio y se hacen signo de la presencia de Cristo que nos acompaña en el camino de la vida. Pero este aspecto -que se manifiesta asimismo en la organización institucional- no basta para describir la verdadera naturaleza de la Iglesia, porque ésta posee también una dimensión divina. Esta última no consiste en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo. Por eso, la Iglesia es al mismo tiempo comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio espiritual, realidad presente en la historia y pueblo que peregrina hacia el cielo (LG, 8; CCC, 771).
La dimensión humana y la divina se integran armoniosamente, sin que la una se superponga a la otra; así, la Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.
Para iluminar dicha condición eclesial, la Lumen Gentium remite a la vida de Cristo. Efectivamente, quien se encontraba con Jesús por los caminos de Palestina experimentaba su humanidad, percibía sus ojos, sus manos, el sonido de su voz. Quien decidía seguirlo se sentía impulsado precisamente por la experiencia de su mirada acogedora, por el toque de sus manos que bendecían, por sus palabras de liberación y sanación. Pero, al mismo tiempo, siguiendo a aquel Hombre, los discípulos se abrían al encuentro con Dios. En efecto, la carne de Cristo, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible.
A la luz de la realidad de Jesús, podemos ahora retornar a la Iglesia: cuando la miramos de cerca, descubrimos en ella una dimensión humana hecha de personas concretas que unas veces manifiestan la belleza del Evangelio y otras veces se cansan y se equivocan, como todos. Sin embargo, precisamente a través de sus miembros y sus limitados aspectos terrenos, se manifiestan la presencia de Cristo y su acción salvadora. Como decía Benedicto XVI, no existe oposición entre el Evangelio y la institución, es más, las estructuras de la Iglesia sirven precisamente para la «realización y concreción del Evangelio en nuestro tiempo» (Discurso a los Obispos de Suiza, 9 de noviembre de 2006). No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia.
En esto consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y sigue donándose a través de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros. Contemplando este perenne milagro que sucede en ella, comprendemos el “método de Dios”: Él se hace visible en la debilidad de las criaturas, manifestándose y actuando. Por eso, el Papa Francisco, en la Evangelii gaudium, exhorta a todos a que aprendan a «quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro» (cf. Ex 3,5, n. 169). Esto nos permite seguir edificando la Iglesia aún hoy en día: no solamente organizando sus formas visibles, sino también construyendo ese edificio espiritual que es el cuerpo de Cristo, mediante la comunión y la caridad entre nosotros.
La caridad, en efecto, genera constantemente la presencia del Resucitado. «Quiera el cielo -decía san Agustín- que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se halle, atrae todo hacia sí» (Serm. 354,6,6).
9. Audiencia
general del 11 de marzo de 2026:
Los Documentos del Concilio
Vaticano II
II. Constitución dogmática Lumen
gentium
3. La Iglesia pueblo de Dios
Tomado de: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/it/audiences/2026/documents/20260311-udienza-generale.html
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos
Continuando en la
reflexión sobre la Constitución dogmática Lumen
gentium (LG) hoy nos detenemos en el segundo capítulo,
dedicado al Pueblo de Dios.
Dios, que creó el
mundo y la humanidad y que desea salvar a todos los hombres, lleva a cabo su
obra de salvación en la historia eligiendo un pueblo concreto y habitando en
él. Por eso, Él llama a Abraham y le promete una descendencia numerosa como las
estrellas del cielo y como la arena del mar (cf. Gen 22,17-18).
Con los hijos de Abraham, después de haberlos liberado de la condición de
esclavitud, Dios establece una alianza, los acompaña, los cuida y los recoge
cada vez que se pierden. Por ello, la identidad de este pueblo viene dada por
la acción de Dios y por la fe en Él. Está llamado a convertirse en luz para las
demás naciones, como un faro que atraerá a todos los pueblos, a toda la
humanidad (cf. Is 2,1-5).
El Concilio afirma
que «todo esto sucedió como preparación y figura de la alianza nueva y perfecta
que había de pactarse en Cristo y de la revelación completa que había de
hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne» ( LG,
9). Es, de hecho, Cristo el que, en el don de su Cuerpo de su Sangre reúne en
sí mismo y de manera definitiva a este pueblo. Este está compuesto ya por
personas procedentes de cualquier nación; está unificado por la fe en Él, por
la adhesión a Él, por vivir su misma vida animados por el Espíritu del
Resucitado. Esta es la Iglesia: el pueblo de Dios que toma su propia existencia
del cuerpo de Cristo [1] y que es él mismo el cuerpo de
Cristo; [2] no un pueblo como los demás, sino el
pueblo de Dios, convocado por Él y hecho de mujeres y hombres procedentes de
todos los pueblos de la Tierra. Su principio unificador no es una lengua, una
cultura, una etnia, sino la fe en Cristo: la Iglesia es, por lo tanto, – según
una espléndida expresión del Concilio –
«una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y
el principio de la unidad y de la paz» ( LG,
9).
Se trata de un pueblo
mesiánico, precisamente porque tiene como cabeza a Cristo, el Mesías. Quienes
forman parte de él no presumen de méritos ni títulos, sino sólo del don de ser,
en Cristo o por medio de Él, hijas e hijos de Dios. Antes de cualquier tarea o
función, por lo tanto, lo que cuenta realmente en la Iglesia es estar
injertados en Cristo, ser por gracia hijos de Dios. Este es también el único
título honorífico que deberíamos buscar como cristianos. Estamos en la Iglesia
para recibir incesantemente la vida del Padre y para vivir como sus hijos y
hermanos entre nosotros. En consecuencia, la ley que anima las relaciones en la
Iglesia es el amor, así como lo recibimos y lo experimentamos en Jesús; y su
meta es el Reino de Dios, hacia el cual camina junto a toda la humanidad.
Unificada en Cristo,
Señor y Salvador de todos los hombres y las mujeres, la Iglesia no puede nunca
estar replegada en sí misma, sino que está abierta a todos y es para todos. Si
pertenecen a ella los creyentes en Cristo, el Concilio nos recuerda que «todos
los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo
cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el
mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de
Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que
estaban dispersos» (LG,
13).
Incluso quienes no han
recibido todavía el Evangelio están, de alguna manera, orientados al pueblo de
Dios y la Iglesia, cooperando a la misión de Cristo, está llamada a difundir el
Evangelio en todas partes y a todos (cf. LG,
17), para que cada uno pueda entrar en contacto con Cristo. Esto significa que
en la Iglesia hay y debe haber sitio para todos, y que cada cristiano está
llamado a anunciar el Evangelio y a dar testimonio en todos los ambientes en
los que vive y obra. Así es como este pueblo muestra su catolicidad, acogiendo
las riquezas y los recursos de las diversas culturas y, al mismo tiempo,
ofreciéndoles la novedad del Evangelio para purificarlas y elevarlas (cf. LG,
13).
En este sentido, la
Iglesia es una, pero incluye a todos. Así la ha descrito un gran teólogo: «Arca
única de la Salvación, debe acoger en su amplia nave todas las diversidades
humanas. Única sala del Banquete, los manjares que distribuye proceden de toda
la creación. Vestimenta sin costuras de Cristo, es también — y es lo mismo — la
vestimenta de José, de muchos colores». [3]
Es un gran signo de
esperanza — sobre todo en nuestros días, atravesados por tantos conflictos y
guerras — saber que la Iglesia es un pueblo en el que conviven, en la fuerza de
la fe, mujeres y hombres de distinta nacionalidad, lengua o cultura: es un signo
puesto en el corazón mismo de la humanidad, llamada y profecía de esa unidad y
de esa paz a la que Dios Padre llama a todos sus hijos.
Notas:
[1] Cf. J. Ratzinger, Il nuovo
popolo di Dio, Brescia 1992, 97.
[2] Cf. Y. M.-J. Congar, Un
popolo messianico, Brescia 1976, 75.
[3] Cf. H. de Lubac, Cattolicismo.
Aspetti sociali del dogma, Milán 1992, 222.
10. Audiencia general del 18 de marzo de 2026:
Los Documentos del Concilio Vaticano II
II. Constitución dogmática Lumen gentium
4. La Iglesia, pueblo sacerdotal y profético
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y
bienvenidos!
Hoy quisiera detenerme de nuevo en el segundo capítulo de la
Constitución conciliar Lumen
gentium (LG),
dedicado a la Iglesia como pueblo de Dios.
El pueblo mesiánico (LG,
9) recibe de Cristo la participación a la obra sacerdotal, profética y real en
la que se lleva a cabo su misión salvífica. Los Padres conciliares enseñan que
el Señor Jesús ha instituido mediante la nueva y eterna Alianza un reino de
sacerdotes, constituyendo a sus discípulos en un «sacerdocio real» (1Pt 2,9;
cfr 1Pt 2,5; Ap 1,6). Este sacerdocio común
de los fieles es donado con el Bautismo, que nos habilita para rendir culto a
Dios en espíritu y en verdad y a «confesar delante de los hombres la fe que
recibieron de Dios mediante la Iglesia» (LG,
11). Además, a través del sacramento de la Confirmación, todos los bautizados
«se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza
especial del Espíritu Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a
difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra
juntamente con las obras» (ibid.).
Esta consagración está en la raíz de la misión común que une a los ministros
ordenados y a los fieles laicos.
A propósito, el Papa Francisco observaba
así: «Mirar al Pueblo de Dios, es recordar que todos ingresamos a la Iglesia
como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad
y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Por él y
con la unción del Espíritu Santo, (los fieles) “quedan
consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo” (LG 10),
entonces todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios» (Carta
al Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, 19 de
marzo 2016).
El ejercicio del sacerdocio real tiene lugar de muchas maneras, todas
ellas encaminadas a nuestra santificación, sobre todo participando en la
ofrenda de la Eucaristía. Mediante la oración, el ascetismo y la caridad activa
dan testimonio de una vida renovada por la gracia de Dios (cfr LG,
10). Como sintetiza el Concilio, «el carácter sagrado y orgánicamente
estructurado de la comunidad sacerdotal se actualiza por los sacramentos y por
las virtudes» (LG,
11).
Los padres conciliares enseñan además que el pueblo santo de Dios
participa también en la misión profética de Cristo (cfr LG,
12). En este contexto introduce el tema importante del sentido de la fe y del
consenso de los fieles. La Comisión Doctrinal del Concilio precisaba que
este sensus fidei «es como una facultad de toda la Iglesia,
gracias a la cual en su fe reconoce la revelación transmitida, distinguiendo
entre lo verdadero y lo falso en las cuestiones de fe, y al mismo tiempo
penetra más profundamente en ella y la aplica más plenamente en la vida»
(cfr Acta Synodalia, III/1, 199). El sentido de la fe pertenece por
tanto a cada fiel no a título individual, sino como miembros del pueblo de Dios
en su conjunto.
Lumen
gentium concentra la atención sobre este último aspecto y lo
relaciona con la infalibilidad de la Iglesia, a la cual pertenece la
infalibilidad del Romano Pontífice, al servirla. «La totalidad de los fieles,
que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,20 y 27), no puede
equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta
mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando desde los
Obispos hasta los últimos fieles laicos presta su consentimiento universal en
las cosas de fe y costumbres» (LG,
12). La Iglesia, por tanto, como comunión de los fieles que incluye obviamente
a los pastores, no puede errar en la fe: el órgano de esta propiedad suya,
fundado en la unción del Espíritu Santo, es el sobrenatural sentido de la fe de
todo el pueblo de Dios, que se manifiesta en el consenso de los fieles. De esta
unidad, que el Magisterio eclesial custodia, se deduce que cada persona
bautizada es un sujeto activo de evangelización, llamado a dar un testimonio
coherente de Cristo según el don profético que el Señor infunde en toda su
Iglesia.
El Espíritu Santo, que nos viene de Jesús Resucitado, dispensa de hecho
«entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere
(1 Co 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para
ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la
mayor edificación de la Iglesia» (LG,
12). Una demostración peculiar de tal vitalidad carismática es ofrecida por la
vida consagrada, que continuamente brota y florece por obra de la gracia.
También las formas asociativas eclesiales son ejemplo luminoso de la variedad y
de la fecundidad de los frutos espirituales para la edificación del Pueblo de
Dios.
Queridos, despertemos en nosotros la conciencia y la gratitud de haber recibido el don de formar parte del pueblo de Dios; y también la responsabilidad que esto conlleva.
Tomado de: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260318-udienza-generale.html
11. Audiencia
general del 25 de marzo de 2026:
Los Documentos
del Concilio
Vaticano II
II. Constitución dogmática Lumen
gentium
5. Sobre el fundamento de los Apóstoles. La Iglesia en su dimensión jerárquica
Queridos hermanos y
hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Continuamos con las
catequesis sobre los documentos del Concilio
Vaticano II, comentando la Constitución dogmática Lumen
Gentium sobre la Iglesia (LG).
Después de haberla
presentado como pueblo de Dios, hoy consideraremos su forma jerárquica.
La Iglesia Católica
encuentra su fundamento en los Apóstoles, que Cristo quiso como columnas vivas
de su Cuerpo místico; y posee una dimensión jerárquica que obra al servicio de
la unidad, de la misión y de la santificación de todos sus miembros. Este Orden
sacro está permanentemente fundado sobre los apóstoles (cfr. Ef 2,20; Ap 21,14)
en cuanto testigos autorizados de la resurrección de Jesús (cfr At 1,22; 1Cor 15,7)
y enviados por el Señor mismo en misión al mundo (cfr. Mc 16,15; Mt 28,19).
Como los Apóstoles están llamados a custodiar fielmente las enseñanzas
salvíficas del Maestro (cfr. 2Tm 1,13-14), transmiten su
ministerio a hombres que, hasta el retorno de Cristo, siguen santificando,
guiando e instruyendo la Iglesia «gracias a aquellos que les suceden en su
ministerio pastoral» (CIC, n. 857).
El capítulo III de
la Lumen
Gentium, titulado Constitución jerárquica de la
Iglesia, y particularmente del episcopado, profundiza en esta sucesión
apostólica fundada en el Evangelio y en la Tradición. El Concilio enseña que la
estructura jerárquica no es una construcción humana que sirve para la
organización interna de la Iglesia como cuerpo social (cfr. LG,
8), sino que es una institución divina que tiene como finalidad perpetuar hasta
el final de los tiempos la misión que Cristo dio a los Apóstoles.
El hecho de que esta
temática se afronte en el capítulo III, después de que en los dos primeros se
ha contemplado la esencia verdadera y propia de la Iglesia (cfr. Acta
Synodalia III/1, 209-210), no implica que la constitución jerárquica
sea un elemento sucesivo respecto al pueblo de Dios: como afirma el
Decreto Ad gentes, «los Apóstoles fueron los gérmenes del nuevo
Israel y, al mismo tiempo, origen de la sagrada Jerarquía» (n. 5), en cuanto
comunidad de los redimidos por la Pascua de Cristo, establecida como medio de
salvación para el mundo.
A fin de captar la
intención del Concilio, es oportuno leer bien el título del capítulo III
de Lumen
Gentium, que explicita la estructura fundamental de la Iglesia,
recibida de Dios Padre mediante el Hijo y llevada a cumplimiento con la efusión
del Espíritu Santo. Los Padres conciliares no quisieron presentar los elementos
institucionales de la Iglesia, como podría dar a entender el sustantivo
“constitución” si se entiende en el sentido moderno. El documento se concentra,
en cambio, en el «sacerdocio ministerial o jerárquico», que difiere
«esencialmente y no sólo en grado» del sacerdocio común de los fieles, y recuerda
que «se ordenan el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único
sacerdocio de Cristo» (LG,
10). Así, el Concilio trata el ministerio que se transmite a hombres que son
investidos de sacra potestas (cfr. LG,
18) para el servicio en la Iglesia: se detiene, especialmente, en el episcopado
(LG,
18-27), y luego en el presbiterado (LG,
28) y el diaconado (LG,
29) como grados del único sacramento del Orden.
Con el adjetivo
“jerárquica”, por tanto, el Concilio quiere indicar el origen sacro del
ministerio apostólico en la acción de Jesús, Buen Pastor, así como sus
relaciones internas. Los Obispos, ante todo, y, a través de ellos, los
presbíteros y los diáconos, han recibido encargos (en latín, munera)
que los llevan a estar al servicio de «todos cuantos pertenecen al Pueblo de
Dios» para que «tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la
salvación» (LG,
18).
La Lumen
Gentium recuerda varias veces y de manera eficaz el carácter
colegial y de comunión de esta misión apostólica, reafirmando que «el encargo
que el Señor confió a los pastores de su pueblo es un verdadero servicio, que
en la Sagrada Escritura se llama con toda propiedad diaconía, o sea ministerio»
(LG,
24). Se comprende entonces por qué San Pablo VI presentó
la jerarquía como realidad «nacida de la caridad de Cristo para realizar,
difundir y garantizar la transmisión intacta y fecunda del tesoro de fe, del
ejemplo, de preceptos, de carismas, dejado por Cristo a su Iglesia» (Disc.
14 de sept. de 1964, en Acta Synodalia III/1, 147).
Queridas hermanas,
queridos hermanos, pidamos al Señor que mande a su Iglesia ministros ardientes
en la caridad evangélica, entregados al bien de todos los bautizados y
misioneros valientes en todos los lugares del mundo.
12. Audiencia general del 1º de abril de 2026:
Los Documentos del Concilio Vaticano II
II. Constitución dogmática Lumen gentium
6. Piedras vivas en la Iglesia y testigos en el mundo: los laicos en el pueblo de Dios sobre el fundamento de los Apóstoles. La Iglesia en su dimensión jerárquica
Hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Seguimos nuestro camino de reflexión sobre la Iglesia como se nos presenta en la Constitución conciliar Lumen gentium (LG). Hoy afrontamos el cuarto capítulo, que trata sobre los laicos. Todos recordamos lo que al Papa Francisco le gustaba repetir: «Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 102).
Esta sección del Documento se preocupa de explicar en positivo la naturaleza y la misión de los laicos, después de siglos en los que habían sido definidos simplemente como aquellos que no forman parte de los clérigos o de los consagrados. Por esto me gusta releer con vosotros un pasaje muy hermoso, que habla de la grandeza de la condición cristiana: «Por tanto, el Pueblo de Dios, por Él elegido, es uno: ‘un Señor, una fe, un bautismo’ (Ef 4,5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad» (LG, 32).
Antes que cualquier diferencia de ministerio o de estado de vida, el Concilio afirma la igualdad de todos los bautizados. La Constitución no quiere que se olvide lo que ya había afirmado en el capítulo sobre el pueblo de Dios, es decir que la condición del pueblo mesiánico es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios (cfr LG, 9).
Naturalmente, cuanto más grande es el don, más grande también es el compromiso. Por esto el Concilio, junto con la dignidad, subraya también la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. ¿Pero dónde se funda esta misión y en qué consiste? Nos lo dice la descripción misma de los laicos que el Concilio se propone: «Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos […] que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde» (LG, 31).
El pueblo santo de Dios, por tanto, nunca es una masa informe, sino el cuerpo de Cristo o, como decía san Agustín, el Christus totus: es la comunidad orgánicamente estructurada, en virtud de la relación fecunda entre sus formas de participación al sacerdocio de Cristo: sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial (cfr LG, 10). En virtud del Bautismo, los fieles laicos participan al mismo sacerdocio de Cristo. De hecho, «Cristo Jesús, supremo y eterno Sacerdote, quiere continuar su testimonio y su servicio por medio de los laicos, los vivifica con su Espíritu y los impulsa sin cesar a toda obra buena y perfecta» (LG, 34).
¿Cómo no recordar, en este sentido, a san Juan Pablo II y su exhortación apostólica Christifideles laici (30 de diciembre de 1988)? En ella él subrayaba que «el Concilio, con su riquísimo patrimonio doctrinal, espiritual y pastoral, ha reservado páginas verdaderamente espléndidas sobre la naturaleza, dignidad, espiritualidad, misión y responsabilidad de los fieles laicos. Y los Padres conciliares, haciendo eco al llamamiento de Cristo, han convocado a todos los fieles laicos, hombres y mujeres, a trabajar en la viña» (n. 2). De este modo, mi venerado predecesor relanzaba el apostolado de los laicos, a quienes el Concilio había dedicado un Documento específico, del que hablaremos más adelante. [1]
El amplio campo del apostolado laical no se limita al espacio de la Iglesia, sino que se amplía al mundo. La Iglesia, de hecho, está presente en todos los lugares donde sus hijos profesan y testimonian el Evangelio: en los ambientes de trabajo, en la sociedad civil y en todas las relaciones humanas, allá donde ellos, con sus elecciones, muestran la belleza de la vida cristiana, que anticipa aquí y ahora la justicia y la paz que serán plenas en el Reino de Dios. El mundo necesita que «se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz» (LG, 36). ¡Y esto es posible solamente con la contribución, el servicio y el testimonio de los laicos!
Es la invitación a ser esa Iglesia “en salida” de la que nos ha hablado el Papa Francisco: una Iglesia encarnada en la historia, siempre abierta a la misión, en la que todos estamos llamados a ser discípulos-misioneros, apóstoles del Evangelio, testigos del Reino de Dios, ¡portadores de la alegría del Cristo que hemos encontrado!
Hermanos y hermanas, ¡la Pascua que nos preparamos a celebrar renueve en nosotros la gracia de ser, como María Magdalena, como Pedro y Juan, testigos del Resucitado!
_________________________
[1] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem (18 de noviembre 1965).
13. Audiencia general del 8 de abril de 2026:
Los Documentos del Concilio Vaticano II
II. Constitución dogmática Lumen gentium
7. La santidad y los consejos evangélicos en la Iglesia
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
La Constitución
del Concilio Vaticano II Lumen gentium (LG) sobre la Iglesia dedica
todo un capítulo, el quinto, a la universal vocación a la santidad de todos los
fieles: cada uno de nosotros está llamado a vivir en la gracia de Dios,
practicando las virtudes y conformándose a Cristo. La santidad, según la
Constitución conciliar, no es un privilegio para unos pocos, sino un don que
compromete a todo bautizado a tender a la perfección de la caridad, es decir, a
la plenitud del amor hacia Dios y hacia el prójimo. La caridad es, de hecho, el
corazón de la santidad a la que todos los creyentes están llamados: infundida
por el Padre, mediante el Hijo Jesús, esta virtud «rige todos los medios de
santificación, los informa y los conduce a su fin» (LG, 42). El nivel más alto
de la santidad, como en el origen de la Iglesia, es el martirio, «supremo
testimonio de fe y de caridad» (LG, 50): por este motivo, el texto conciliar
enseña que todo creyente debe estar dispuesto a confesar a Cristo hasta el
derramamiento de sangre (cf. LG, 42), como siempre ha sucedido y sucede también
hoy. Esta disposición para el testimonio se hace realidad cada vez que los
cristianos dejan señales de fe y de amor en la sociedad, comprometiéndose por
la justicia.
Todos los sacramentos, de forma emitente la Eucaristía, son alimento que hace
crecer una vida santa, asimilando cada persona a Cristo, modelo y medida de la
santidad. Él santifica la Iglesia, de la cual es Cabeza y Pastor: la santidad
es, en esta óptica, un don suyo, que se manifiesta en nuestra vida cotidiana
cada vez que lo acogemos con alegría y le correspondemos con compromiso. A este
respecto, San
Pablo VI, en la Audiencia general del 20 de octubre de 1965, recordaba que
la Iglesia, para ser auténtica, quiere que todos los bautizados deban «ser
santos, es decir, verdaderamente sus hijos dignos, fuertes y fieles». Esto se
realiza como una transformación interior, por lo que la vida de cada persona se
conforma a Cristo en virtud del Espíritu Santo (cf. Rm 8,29; LG, 40).
La Lumen
gentium describe la santidad de la Iglesia católica como una de sus
características constitutivas, que debe acogerse en la fe, en cuanto se cree
que es «indefectiblemente santa» (LG, 39): eso no significa que lo sea de forma
plena y perfecta, sino que está llamada a confirmar este don divino durante su
peregrinaje hacia la meta eterna, caminando «entre las persecuciones del mundo
y las consolaciones de Dios» (S. Agustín, De civ. Dei 51,2; LG, 8).
La triste realidad del pecado en la Iglesia, es decir, en todos nosotros,
invita a cada uno a emprender un serio cambio de vida, encomendándonos al
Señor, que nos renueva en la caridad. Precisamente esta gracia infinita, que
santifica la Iglesia, nos confía una misión que debemos cumplir día tras día:
la de nuestra conversión. Por eso, la santidad no tiene solamente una
naturaleza práctica, como si se pudiera reducir a un compromiso ético, por
grande que sea, sino que concierne a la esencia misma de la vida cristiana,
personal y comunitaria.
En esta perspectiva, un papel decisivo lo asume la vida consagrada, que se
aborda en el capítulo sexto de la Constitución conciliar (cf. nn. 43-47). En el
pueblo santo de Dios, esta constituye una señal profética del mundo nuevo,
experimentado en el aquí y el ahora de la historia. De hecho, señales del Reino
de Dios, ya presente en el misterio de la Iglesia, son aquellos consejos
evangélicos que dan forma a toda experiencia de vida consagrada: la pobreza, la
castidad y la obediencia. Estas tres virtudes no son prescripciones que encadenan
la libertad, sino dones liberadores del Espíritu Santo, a través de los cuales
algunos fieles se consagran totalmente a Dios. La pobreza expresa la plena
entrega a la Providencia, liberando del cálculo y del interés; la obediencia
tiene como modelo la entrega de sí mismo que Cristo hizo al Padre, liberando de
la desconfianza y del dominio; la castidad es la entrega de un corazón íntegro
y puro en el amor, al servicio de Dios y de la Iglesia.
Conformándose a este estilo de vida, las personas consagradas dan testimonio de
la vocación universal a la santidad en toda la Iglesia, en la forma de un
seguimiento radical. Los consejos evangélicos manifiestan la participación
plena en la vida de Cristo, hasta la cruz: ¡es precisamente por el sacrificio
del Crucificado que todos somos redimidos y santificados! Contemplando este
evento, sabemos que no hay experiencia humana que Dios no redima: incluso el
sufrimiento, vivido en unión con la pasión del Señor, se convierte en una vía
de santidad. La gracia que convierte y transforma la vida nos refuerza así en
toda prueba, indicándonos como meta no un ideal lejano, sino el encuentro con
Dios, que se hizo hombre por amor. Que la Virgen María, Madre toda santa del
Verbo encarnado, sostenga y proteja siempre nuestro camino.
Tomado de: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260408-udienza-generale.html
14. Audiencia general del 6 de mayo de 2026:
Los Documentos del Concilio Vaticano II
II. Constitución dogmática Lumen gentium
8. La Iglesia, peregrina en la historia hacia la patria celestial
Hermanos y
hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hoy nos detenemos en una parte
del cap. VII de la Constitución
del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, y meditamos sobre una de sus
características distintivas: la dimensión escatológica.
Efectivamente, en esta historia terrena, la Iglesia camina siempre orientada
hacia la meta final, que es la patria celeste. Se trata de una dimensión
esencial que, sin embargo, a menudo descuidamos o minimizamos, porque estamos
demasiado concentrados en lo inmediatamente visible y en las dinámicas más
concretas de la vida de la comunidad cristiana.
La Iglesia es el pueblo de
Dios en camino en la historia; el fin de todo su obrar es el Reino de Dios
(cfr. LG,
9). Jesús dio comienzo a la Iglesia precisamente anunciando este Reino de amor,
de justicia y de paz (cfr. LG 5).
Por ello, estamos llamados a considerar la dimensión comunitaria y cósmica de
la salvación en Cristo, y a dirigir la mirada a ese horizonte final, para medir
y evaluar todo desde esa perspectiva.
La Iglesia vive en la historia
al servicio de la llegada del Reino de Dios al mundo. Ella anuncia a todos y
siempre las palabras de esta promesa, recibe un anticipo en la celebración de
los Sacramentos, especialmente de la Eucaristía, pone en práctica y experimenta
su lógica en las relaciones de amor y de servicio. Asimismo, sabe que es lugar
y medio donde la unión con Cristo se realiza “más estrechamente” (LG,
48), y, al mismo tiempo, reconoce que la salvación puede ser donada por Dios en
el Espíritu Santo también fuera de sus límites visibles.
En este sentido, la Constitución Lumen
Gentium realiza una afirmación importante: la Iglesia es
“sacramento universal de salvación” (LG,
48), esto es, signo e instrumento de esa plenitud de vida y de paz prometida
por Dios. Esto significa que ella no se identifica perfectamente con el Reino
de Dios, pero es su germen e inicio, porque el cumplimiento será dado a la
humanidad y al cosmos solamente al final. Por eso, los creyentes en Cristo
caminan por esta historia terrena, marcada por la maduración del bien pero
también por injusticias y sufrimientos, sin caer en ilusiones ni en la
desesperanza: viven orientados por la promesa recibida de «Aquel que hace
nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Por tanto, la Iglesia realiza su
misión entre el “ya” del inicio del Reino de Dios en Jesús, y el “aún no” del
cumplimiento prometido y esperado. La Iglesia custodia una esperanza que
ilumina el camino, y tiene también la misión de pronunciar palabras claras para
rechazar todo lo que mortifica la vida e impide su desarrollo, y para tomar
posición a favor de los pobres, los explotados, las víctimas de la violencia y
de la guerra y de todos los que sufren en el cuerpo y en el espíritu (cfr. Compendio
de la doctrina social de la Iglesia, n. 159).
Signo y sacramento del Reino,
la Iglesia es el pueblo de Dios peregrino en la tierra que, a partir de la
promesa final, lee e interpreta según el Evangelio los dinamismos de la
historia, denunciando el mal en todas sus formas y anunciando, con palabras y
obras, la salvación que Cristo quiere realizar para toda la humanidad y su
Reino de justicia, de amor y de paz. La Iglesia, por tanto, no se anuncia a sí
misma; al contrario, en ella todo debe remitir a la salvación en Cristo.
Desde esta perspectiva, la
Iglesia está llamada a reconocer humildemente la fragilidad humana y la
caducidad de sus propias instituciones, que, aun estando al servicio del Reino
de Dios, llevan la imagen de este siglo que pasa (cfr. LG, 48).
Ninguna de las instituciones eclesiales puede ser absolutizada; es más, como
viven en la historia y en el tiempo, están llamadas a una conversión constante,
a la renovación de las formas y a la reforma de las estructuras, a la continua
regeneración de las relaciones, de modo que puedan responder verdaderamente a
su misión.
En el horizonte del Reino de
Dios se debe comprender también la relación entre los cristianos que están
cumpliendo hoy su misión y todos los que ya han concluido su existencia terrena
y están en un estadio de purificación o de bienaventuranza. Lumen
gentium afirma que todos los cristianos forman una única Iglesia,
que existe una comunión y una coparticipación de los bienes espirituales
fundada en la unión con Cristo de todos los creyentes, una fraterna
sollicitudo entre la Iglesia terrena y la Iglesia celeste: esa
comunión de los santos que se experimenta en especial en la liturgia
(cfr. LG,
49-51). Rezando por los difuntos y siguiendo las huellas de quienes ya vivieron
como discípulos de Jesús, también nosotros recibimos ayuda en nuestro camino y
reforzamos la adoración a Dios: marcados por el único Espíritu y unidos en la
única liturgia, junto con aquellos que nos han precedido en la fe, alabamos y
damos gloria a la Santísima Trinidad.
Agradezcamos a los Padres
conciliares el habernos recordado esta dimensión tan importante y tan hermosa
de nuestro ser cristianos, y tratemos de cultivarla en nuestra vida. (...)
Muchas gracias.
Tomado de: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260506-udienza-generale.html
15. Audiencia general del 13 de mayo de 2026:
Los Documentos del Concilio
Vaticano II
II. Constitución dogmática Lumen
gentium
9. La Virgen María, modelo de la Iglesia
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
El Concilio
Vaticano II quiso dedicar el último capítulo de la Constitución
dogmática sobre la Iglesia a la Virgen María (cfr Lumen
gentium, 52-69). Ella «proclamada como miembro excelentísimo y
enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la
misma en la fe y en la caridad» (n. 53). Estas palabras nos invitan a
comprender cómo en María, que bajo la acción del Espíritu Santo ha acogido y
generado al Hijo de Dios hecho carne, se puedan reconocer tanto el modelo, como
el miembro excelente y la madre de toda la comunidad eclesial.
Al dejarse moldear por la obra de la Gracia, venida a cumplirse en Ella,
y al acoger el don del Altísimo con su fe y su amor virginal, María es el
modelo perfecto de lo que toda la Iglesia está llamada a ser: criatura de la
Palabra del Señor y madre de los hijos de Dios, generados en la docilidad a la
acción del Espíritu Santo. En cuanto que, además, es la creyente por
antonomasia, donde se nos ofrece la forma perfecta de la apertura incondicional
al misterio divino en la comunión del pueblo santo de Dios, María es miembro
excelente de la comunidad eclesial. En cuanto que, finalmente, genera hijos en
el Hijo, amados en el eterno Amado venido entre nosotros, María es madre de
toda la Iglesia, que a Ella puede dirigirse con filial confianza, en la certeza
de ser escuchada, custodiada y amada.
Se podría expresar el conjunto de estas características de la Virgen
María hablando de Ella como de la mujer icono del Misterio. Con el término
mujer se evidencia la concreción histórica de esta joven hija de Israel, a
quien se le ha dado la extraordinaria experiencia de convertirse en madre del
Mesías. Con la expresión icono se subraya que en Ella se cumple el doble
movimiento de descenso y ascenso: en Ella resplandecen tanto la elección
gratuita por parte de Dios, como el libre consentimiento de la fe en Él. María
es por tanto la mujer icono del Misterio, es decir del diseño divino de
salvación, en una época oculto y revelado en plenitud en Jesucristo.
El Concilio nos ha dejado una clara enseñanza sobre el lugar reservado a
la Virgen María en la obra de la Redención (cfr Lumen
gentium, 60-62). Ha recordado que el único Mediador de salvación
es Jesucristo (cfr 1 Tm 2,5-6) y que su Madre Santísima «no
oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien
sirve para demostrar su poder» (LG,
60). Al mismo tiempo, «la Santísima Virgen, predestinada desde toda la
eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, […]
cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la
fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida
sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia» (ibid.,
61).
En la Virgen María se refleja también el misterio de la Iglesia: en Ella
el pueblo de Dios encuentra representado su origen, su modelo y su patria. En
la Madre del Señor la Iglesia contempla el propio misterio, no solo porque se
reencuentra el modelo de la fe virginal, de la caridad materna y de la alianza
esponsal, a la que está llamada, sino también y sobre todo porque reconoce en
ella el propio arquetipo, la figura ideal de lo que está llamada a ser.
Como se puede ver, las reflexiones sobre la Virgen María recogidas en
la Lumen
gentium, nos enseñan a amar a la Iglesia y a servir en ella al
cumplimiento del Reino de Dios que está por venir y que se realizará plenamente
en la gloria.
Dejémonos pues interpelar por tal modelo sublime que es María, Virgen y
Madre, y pidámosle a Ella que nos ayude con su intercesión a responder a cuanto
se nos pide a través de su ejemplo: ¿vivo con fe humilde y activa mi
pertenencia a la Iglesia? ¿Reconozco la comunidad de la alianza que Dios me ha
donado para corresponder a su amor infinito? ¿Miro a María como modelo, miembro
excelente y madre de la Iglesia, y le pido a Ella que me ayude a ser discípulo
fiel de su Hijo?
Hermanas y hermanos, el Espíritu Santo, que descendió sobre María e
invocado por nosotros con humildad y confianza, nos done vivir plenamente estas
realidades maravillosas. Y, después de haber profundizado en la Constitución Lumen
gentium, pidamos a la Virgen que nos conceda este don: crezca en todos
nosotros el amor por la Santa Madre Iglesia. ¡Así sea!
Tomado de: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260513-udienza-generale.html
16. Audiencia general del 20 de mayo de 2026:
Los Documentos del Concilio Vaticano II:
III. Constitución Sacrosantum
Concilium:
1. La liturgia en el misterio de la Iglesia
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y
bienvenidos!
Hoy comenzamos una serie de catequesis sobre el primer documento
promulgado por el Concilio
Vaticano II: la Constitución
sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium (SC).
Al elaborar esta Constitución, los Padres conciliares quisieron no solo
emprender una reforma de los ritos, sino también llevar a la Iglesia a
contemplar y profundizar en ese vínculo vivo que la constituye y la une: el
misterio de Cristo. La liturgia, en efecto, toca el corazón mismo de este
misterio: es a la vez el espacio, el tiempo y el contexto en el que la Iglesia
recibe de Cristo su propia vida. En la liturgia, de hecho, «se ejerce la obra
de nuestra Redención» (SC,
2), que nos convierte en linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo
adquirido por Dios (cf. 1Pt 2,9).
Como ha puesto de manifiesto la triple renovación —bíblica, patrística y
litúrgica— que ha atravesado la Iglesia a lo largo del siglo XX, el Misterio en
cuestión no designa una realidad oscura, sino el designio salvífico de Dios,
oculto desde la eternidad y revelado en Cristo, según la afirmación de San
Pablo (cf. Ef 3,3-6). He aquí, pues, el Misterio cristiano: el
acontecimiento pascual, es decir, la pasión, la muerte, la resurrección y la
glorificación de Cristo, que precisamente en la liturgia se nos hace
sacramentalmente presente, de modo que cada vez que participamos en la asamblea
reunida «en su nombre» (Mt 18,20) estamos inmersos en este Misterio.
Cristo mismo es el principio interior del misterio de la Iglesia, el
pueblo santo de Dios, nacido de su costado traspasado en la cruz. En la santa
liturgia, con el poder de su Espíritu, Él sigue actuando. Santifica y asocia a
la Iglesia, su esposa, a su ofrenda al Padre. Ejerce su sacerdocio
absolutamente único, Él que está presente en la Palabra proclamada, en los
sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, en grado
sumo, en la Eucaristía (cf. SC,
7). Así es como, según San Agustín (cf. Serm., 277), al celebrar la
Eucaristía, la Iglesia «recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que
recibe»: se convierte en el Cuerpo de Cristo, «morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,22).
Esta es «la obra de nuestra redención», que nos configura a Cristo y nos
edifica en la comunión.
En la santa liturgia, dicha comunión se realiza «por medio de los ritos
y de las oraciones» (SC,
48). La ritualidad de la Iglesia expresa su fe —según el célebre dicho lex
orandi, lex credendi— y, al mismo tiempo, plasma la identidad
eclesial: la Palabra proclamada, la celebración del Sacramento, los gestos, los
silencios, el espacio, todo ello representa y da forma al pueblo convocado por
el Padre, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. Cada celebración se
convierte así en una verdadera epifanía de la Iglesia en oración, como
recordó san
Juan Pablo II (Carta
apostólica Vicesimus quintus annus, 9).
Si la liturgia está al servicio del misterio de Cristo, se comprende por
qué se la ha definido como «la cumbre a la cual tiende la actividad de la
Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC,
10). Es cierto que la acción de la Iglesia no se limita únicamente a la
liturgia; sin embargo, todas sus actividades (la predicación, el servicio a los
pobres, el acompañamiento de las realidades humanas) convergen hacia esta
«cumbre». En sentido inverso, la liturgia sostiene a los fieles sumergiéndolos
siempre y de nuevo en la Pascua del Señor y, por lo tanto, a través de la
proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración
común, estos son fortalecidos, animados y renovados en su compromiso de fe y en
su misión. En otras palabras, la participación de los fieles en la acción
litúrgica es al mismo tiempo «interior» y «exterior».
Esto significa también que está llamada a desarrollarse concretamente a
lo largo de toda la vida cotidiana, en una dinámica ética y espiritual, de modo
que la liturgia celebrada se traduzca en vida y exija una existencia fiel,
capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración: es así como
nuestra vida se convierte en «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios»,
realizando nuestro «culto espiritual» (Rom 12,1).
De este modo, «la liturgia edifica día a día a los que están dentro de
la Iglesia para ser templo santo en el Señor» (SC,
2), y forma una comunidad abierta y acogedora para con todos. De hecho, está
habitada por el Espíritu Santo, nos introduce en la vida de Cristo, nos
convierte en su Cuerpo y, en todas sus dimensiones, representa un signo de la
unidad de todo el género humano en Cristo. Como decía el Papa Francisco: «El
mundo todavía no lo sabe, pero todos están invitados al banquete de bodas del
Cordero (Ap 19,9)» (Carta
apostólica Desiderio desideravi, 5).
Queridísimos, dejémonos moldear interiormente por los ritos, por los
símbolos, por los gestos y, sobre todo, por la presencia viva de Cristo en la
liturgia, que tendremos ocasión de profundizar en las próximas catequesis.
Texto tomado de:
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260520-udienza-generale.html
17. Audiencia general del 27 de mayo de 2026:
Los Documentos del Concilio Vaticano II:
III. Constitución Sacrosantum Concilium:
2. La reforma de la liturgia: tradición y desarrollo
Queridos hermanos y
hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
En la Encíclica Mediator
Dei, el Venerable Pío XII escribe
que «la Iglesia, en realidad, es un organismo vivo, y por eso crece y se
desarrolla también en lo que toca a la sagrada liturgia, adaptándose a las
circunstancias y a las exigencias que se presentan en el transcurso del tiempo
y acomodándose a ellas» (I,V).
En plena continuidad
con este principio, el Concilio
Vaticano II en el Proemio de la Constitución Sacrosanctum
Concilium (SC) reconoce «que le corresponde de un modo
particular proveer a la reforma y al fomento de la Liturgia» (n. 1). De hecho,
la asamblea conciliar se había reunido con el objetivo de «acrecentar de día en
día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de
nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo
aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y
fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia»
(ibid.).
En aquel momento
histórico se advertía fuertemente la necesidad de una renovación de las formas
rituales, mediante las que desde hacía siglos la Iglesia había realizado la
glorificación de Dios y la santificación del pueblo cristiano. Gracias al
movimiento litúrgico se había madurado la convicción, expresada posteriormente
por san Juan
Pablo II, de que «existe, en efecto, un vínculo estrechísimo y orgánico
entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la
Iglesia. La Iglesia no sólo actúa, sino que se expresa también en la liturgia,
vive de la liturgia y saca de la liturgia las fuerzas para la vida» (Carta Dominicae
Cenae, 13).
Para favorecer el
acceso de los fieles a la riqueza de los dones de gracia dispensados por la
sagrada liturgia, la Constitución Sacrosanctum
Concilium indica, por lo tanto, con una fórmula muy eficaz la
dirección a seguir: «Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso» (SC,
23).
El Papa Benedicto XVI acogió
en esta declaración de intenciones el «programa de reforma» de los Padres
conciliares, «en equilibrio con la gran tradición litúrgica del pasado y el
futuro. No pocas veces se contrapone de manera torpe tradición y progreso. En
realidad, los dos conceptos se integran: la tradición es una realidad viva y
por ello incluye en sí misma el principio del desarrollo, del progreso. Es como
decir que el río de la tradición lleva en sí también su fuente y tiende hacia
la desembocadura» (Discurso
a los participantes en el Congreso por el 50° aniversario de la fundación del
Instituto litúrgico pontificio de San Anselmo, 6 de mayo de 2011).
El Concilio afirma
la legitimidad de ese proceso arraigado en la auténtica Tradición,
distinguiendo dentro de la liturgia «una parte que es inmutable por ser la
institución divina» de «otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del
tiempo pueden y aún deben variar, si es que en ellas se han introducido
elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o
han llegado a ser menos apropiados» (SC,
21).
A lo largo de los
siglos se han producido constantemente cambios de este tipo, con el fin de
consentir a los fieles una fructuosa participación, por medio de las acciones
rituales, en el ministerio pascual de Cristo, fundamento de la fe cristiana. El
culto de la Iglesia, por lo tanto, se ha “encarnado” en las formas culturales
de cada época y ha sido capaz de influir en ellas e incluso de transformarlas.
La liturgia ha sido así, durante siglos, un motor de evangelización. Hoy es
necesario renovar esta energía en continuidad con la auténtica y viva tradición
católica, es decir, según una dinámica dirigida a introducir a los creyentes en
la plenitud de la verdad.
Se comprende entonces
por qué los Padres conciliares recomendaron la revisión de los ritos, cuando
responda a «una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia», se lleve a cabo
«después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen,
por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes» (SC,
23). Por el bien de toda la Iglesia, toda reforma debe ir siempre precedida por
«una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral» (ibid.).
El Magisterio conciliar, de este modo, invita a evitar desorientar a los
fieles, disuadiendo a cualquiera de añadir o quitar o modificar algo, en
materia litúrgica, por iniciativa propia (cf. SC,
22). El progreso evocado por la Constitución conciliar no compromete en
absoluto la comunión eclesial: más bien pretende confirmarla y favorecerla.
Exhorto, por lo tanto,
a todos aquellos que están llamados a preparar la celebración de los divinos
misterios, en particular a los sacerdotes que ejercen el ministerio de la
presidencia litúrgica, a custodiar siempre ese respeto de los textos y de los
ordenamientos de la liturgia que nace de la actitud interior de disponibilidad
y de entrega a Dios, manifestando humildad frente a su grandeza y fidelidad
sincera a la comunión eclesial.
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260527-udienza-generale.html
18. Audiencia general del 3 de junio de 2026:
Los Documentos del Concilio Vaticano II:
III. Constitución Sacrosantum Concilium:
3. El rito, el signo, el símbolo
Queridos hermanos y hermanas:
Continuando con las catequesis sobre la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (SC), queremos pararnos a reflexionar sobre algunos elementos que constituyen la sagrada liturgia, como el rito, el signo y el símbolo.
El Concilio Vaticano II, beneficiándose del valioso trabajo del Movimiento litúrgico, nos ha ayudado a redescubrir una verdad muy viva en la conciencia de la Iglesia antigua y en la enseñanza de los Padres. Los ritos de la liturgia cristiana no son un revestimiento exterior del ministerio sacramental, un conjunto de ceremonias arbitrarias, sino que son la mediación eclesial a través de la que nos llega el don divino. Precisamente por eso el Concilio invita a comprender el Mysterium fidei que se realiza en la liturgia a través de los ritos y de las oraciones (cf. SC, 48).
El rito da forma a la acción litúrgica y, a través de ella, a nuestra vida, generando en nosotros una sensibilidad espiritual que nos hace capaces de saborear la presencia de Dios por medio de Jesucristo. Naturalmente eso sucede si nosotros no nos quedamos al margen o como espectadores mudos (cf. ibid.) respecto a la liturgia, sino que participamos con todo nuestro ser – cuerpo, mente y corazón – , en obediencia al mandato del Señor. A través del sagrado rito nos formamos en la escucha de la Palabra de Dios, en la acción de gracias y en la adoración, en el hecho de compartir de forma fraterna y en la comunión eclesial. Descubrimos que somos una asamblea de muchos rostros, reunida por la misma fe.
El rito nos implica en una secuencia de gestos y de oraciones bien definida, que a veces puede contrastar con nuestra tendencia individual a la espontaneidad. Su lógica no consiste en encorsetar la libertad en esquemas. Al contrario, con la sobriedad solemne de sus ritmos, el rito interrumpe actividades frenéticas, reconduciéndonos a lo esencial. Descubrimos así otra dimensión de la acción, que no se rige por los cálculos productivos y otra experiencia del tiempo y del espacio. En el rito experimentamos una lógica de gratuidad, encontramos un descanso que regenera el corazón, reconocemos que nos precede la gracia divina, aprendemos a vivir a un ritmo habitado por el Espíritu Santo.
La gramática del rito está entretejida con los signos y los símbolos propios de la liturgia. En ella, como afirma el Concilio, «los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre» (SC, 7). El Catecismo de la Iglesia Católica profundiza el valor de estos signos, recordando que «su significación tiene su raíz en la obra de la creación y en la cultura humana, se perfila en los acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela en plenitud en la persona y la obra de Cristo» (n. 1145). Es emblemático el signo del agua: de los orígenes de la creación al diluvio, del paso del Mar Rojo al Jordán, hasta el agua que brota del costado de Cristo y se convierte en signo sacramental de la inmersión de su muerte y resurrección.
“Signo” y “símbolo” son términos que a menudo se usan como sinónimos. En realidad, un signo es simbólico cuando es capaz de remitir no solo a una idea, sino a todo un sistema de significados y de valores. Así, por ejemplo, cuando se nos rocía con agua bendita se reaviva en nosotros la conciencia del don recibido con el Bautismo y nuestra adhesión a la vida nueva en Cristo. En segundo lugar, los símbolos tienen esencialmente un carácter práctico, siendo sobre todo acciones: más sencillas y comunes, como arrodillarse y darse la paz, o más exigentes, como los actos que constituyen cada Sacramento. Sobre todo, los símbolos tienen una dimensión singular performativa* y transformadora, tanto hacia los elementos materiales que los componen, como hacia aquellos que entran en contacto con ellos, generando pertenencia, tocando el corazón y la mente, suscitando auténticas relaciones eclesiales.
En la Carta Apostólica Desiderio desideravi, el Papa Francisco, haciendo suya una afirmación de Romano Guardini, identificaba «la primera tarea del trabajo de la formación litúrgica: el hombre ha de volver a ser capaz de símbolos» (n. 44). Necesitamos dejarnos educar por los ritos de la liturgia, cuidando con delicadeza y sin arbitrariedad la belleza de nuestras celebraciones y comprometiéndonos con una auténtica mistagogía. La experiencia de una liturgia viva y devota, acompañada por una oportuna catequesis mistagógica, es el mejor recurso para volver a despertar en todos esa apertura al encuentro con Dios que, en la lógica de la encarnación, solo puede tener lugar involucrando a todo el hombre: espíritu, alma y cuerpo (cf. 1Ts 5,23).
(*) NdE. Expongo a continuación, grosso modo, un panorama inicial y esquemático de diversos acercamientos a la cuestión. Contrastan - y convergen también - en diversos puntos, como se evidenciará, con la percepción y la enseñanza del Magisterio conciliar y pontificio recién referido. Debo hacer notar que no he encontrado una referencia explícita y expresa a lo "performativo/a" en el Documento de Aparecida (2007, cf.: https://www.celam.org/web/content/9186?unique=20d6493aa8706a83a6bf86b36d7253c3aa8766d9). Tampoco se encuentra este término y sus relacionados en el Diccionario de la Lengua Española, edición 2014, actualización 2024 (https://dle.rae.es/performatividad?m=form).
Recurriendo también a publicaciones en internet (Edumargen.org; Wikipedia; YouTube; Infobae; IA) en lo que tiene que ver con la filosofía del lenguaje, con el "género" en la sociología, y con la "cultura digital" en la política; y a los estudios teológicos, en particular al pensamiento de autores como el R. P. Alberto Parra M., S. J., en relación con la "performatividad" podemos encontrar actualmente una gran pluralidad semántica a partir de los primeros estudios - y el acuñamiento del término - por parte del filósofo británico John Langshaw Austin (1911-1960).
Algo es performativo cuando no se limita a describir la realidad, sino que, por el hecho de expresarlo, realiza una acción o transforma el entorno. El término abarca diferentes ámbitos, desde el lenguaje hasta la sociología y las artes.
1º) Filosofía del Lenguaje: desde la lingüística, un enunciado performativo (acuñado por el mencionado filósofo John L. Austin) es aquel donde el decir es hacer.
2º) Sociología y Género: Popularizado por la filósofa Judith Butler, señala que la identidad no es algo innato, sino que se construye mediante acciones, gestos y comportamientos repetitivos.
3º) Cultura Digital y Política: En el discurso actual, lo performativo suele usarse para describir actitudes o estéticas cuidadosamente escenificadas para proyectar una imagen pública.
En teología, lo performativo se refiere al poder de la palabra divina o litúrgica para crear, transformar y hacer real aquello que enuncia. No es mero simbolismo: el lenguaje teológico altera el estado de las cosas. En este sentido posee, en principio, tres aspectos:
1ª) La Palabra de Dios es Creadora: En las tradiciones judeocristianas, la palabra de Dios posee una eficacia absoluta. No describe la creación, sino que la ejecuta.
2ª) Eficacia Sacramental: En la teología católica y ortodoxa, las palabras de los sacramentos son performativas en grado máximo. Se denominan palabras fórmulas. El decir realiza el ser.
3ª) La Palabra como Acontecimiento: Para corrientes teológicas protestantes del siglo XX (como Karl Barth o Rudolf Bultmann), la predicación no es sólo dar información sobre Dios.
Del mismo modo, algunas expresiones de teología elaborada en Latinoamérica en los últimos decenios ha desarrollado sus aportes en cuatro principales líneas, especialmente dentro de la denominada “Teología feminista de la liberación”, según las cuales se promueve una deconstrucción de los roles de género tradicionales con la transformación social y sus dinámicas:
1ª) El desmantelamiento de la “performatividad patriarcal", según la cual se denuncia que las iglesias han usado un lenguaje performativo para instituir opresiones. Al repetir históricamente discursos como "la mujer debe ser sumisa" o "el diseño divino es la familia tradicional", las instituciones religiosas no solo describieron un orden social; lo crearon y lo normalizaron. La teología de género busca romper ese "guion escrito" para liberar a los cuerpos marginados.
2ª) Se impone "hacer" teología “desde el cuerpo y la realidad”, ya que, a diferencia de la teología europea, fuertemente teórica, la teología latinoamericana de la liberación se basa en la praxis (la acción transformadora). Cuando se le añade la perspectiva de género, el punto de partida es el cuerpo sufriente y resistente de las mujeres, indígenas, afrodescendientes y comunidades LGBTQ+. Aquí, el quehacer teológico es performativo: no se estudia a Dios desde la abstracción, sino que se "hace" teología liberadora al marchar, sanar comunidades y denunciar la violencia patriarcal.
3ª) La “subversión de las metáforas divinas”, como lo expresan teólogas latinoamericanas como Marcella Althaus-Reid (creadora de la Teología Queer), quienes argumentaron que las imágenes tradicionales de Dios (como un Rey, Padre o Juez absoluto) funcionan como estructuras performativas que legitiman el machismo y el autoritarismo político en el continente. Proponen un lenguaje teológico performativo alternativo que nombre a Dios desde los márgenes (ej. Dios como partera, como el pan compartido o desde el deseo de justicia), transformando la manera en que las comunidades se organizan y se relacionan con la autoridad.
Finalmente, 4ª), otras autoras proponen “nuevas liturgias y ritos libres”, en los que se recupere el poder de los rituales comunitarios. Así, se crean círculos de lectura bíblica y liturgias ecofeministas donde la bendición o la lectura de la Biblia tienen un efecto performativo inmediato: devuelven la dignidad, sanan la culpa impuesta por el dogma e impulsan la resistencia comunitaria.
Sobre estos aspectos puede verse el art. de Consuelo Vélez: “Teología feminista latinoamericana de la liberación: balance y futuro”, en: Horizonte. Mutirão de Revistas de Teologia Latino-americanas – Comunicação. Belo Horizonte, v. 11, n. 32, p. 1801-1812, out./dez. 2013, en: https://diariofemenino.com.ar/df/wp-content/uploads/2022/10/Teolog%C3%ADa-feminista-latinoamericana-de-liberaci%C3%B3n.pdf
19. Audiencia general del 24 de junio de 2026:
Los Documentos del Concilio Vaticano II:
III. Constitución Sacrosantum Concilium:
4. El misterio eucarístico
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y
bienvenidos!
Seguimos con las catequesis sobre los documentos del Concilio
Vaticano II, en particular sobre la Constitución Sacrosanctum
Concilium (SC) sobre la Liturgia.
Cuando san Agustín quiere explicar a los nuevos bautizados el misterio
del Cuerpo de Cristo, retoma el pasaje de san Pablo que hemos escuchado:
«Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte» (1
Cor 12, 27). Y añade: «Recibís el misterio que sois vosotros. A eso
que sois, respondéis “Amén”, y al responder (así) lo rubricáis. Escuchas, pues:
“Cuerpo de Cristo”, y respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para
que tu “Amén” responda a la verdad. […] Sed lo que veis y recibid lo que sois»
(Sermón 272).
Justo después de haber evocado la Última Cena de Jesús, la Constitución
sobre la Liturgia habla de la Eucaristía con estos acentos agustinianos. Para
los cristianos, formar parte de la mesa del Señor significa que «sean
instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del
Señor, den gracias a Dios» (SC, 48). Recibiéndolo en su Palabra y en la
Eucaristía nos convertimos en lo que recibimos. Nos convertimos en el Cuerpo
cuya Cabeza es el Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre (cfr Col 1,
18), el cual nos prepara un lugar en los cielos (cfr Jn 14,
3): la Eucaristía es así el sacramento del Reino que viene. Es el Pan del
camino, que nos conduce hacia la Patria celeste, hasta el día beato en el que
«Dios sea todo en todo» (1 Cor 15, 28).
La asamblea litúrgica ofrece el Sacrificio «no sólo por manos del
sacerdote, sino juntamente con él» (SC, 48).
En esta perspectiva, la Eucaristía es la forma del sacrificio espiritual de los
cristianos (cfr Hb 13, 16; Rm 12, 1), en
cuanto camino de la unión con Dios y de la unión recíproca. Al participar en
ella, aprenden a que «se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión
con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos» (ibid.).
Así, incorporándonos a Cristo, la Eucaristía nos enseña a adoptar el estilo de
vida del mismo Señor Jesús, marcado por el don gratuito de sí mismo. Este don
nos hace entrar, por esto, en la dinámica de la unidad, que ofrece un poderoso
antídoto a los fermentos de división que amenazan nuestro mundo, nuestras
comunidades, nuestras familias, nuestro corazón (cfr SC,
47).
Queridos, cuando participamos en la Eucaristía somos invitados a
escuchar la Palabra de Dios y a nutrirnos en la mesa del Señor, donde Él mismo
se ofrece al Padre. Estas dos partes de la Misa, la Liturgia de la Palabra y la
Liturgia eucarística, «están tan íntimamente unidas que constituyen un solo
acto de culto» (SC, 56).
En lo que se refiere a la Palabra, es necesario recordar que no se trata
solamente de adquirir un saber intelectual sobre las Escrituras, sino de
recibir la Palabra «viva y eficaz» (Hb 4, 12), dirigida por Dios a
todos y al mismo tiempo a cada uno, Palabra que nutre y alimenta junto al Pan
eucarístico y nos hace pasar de la decadencia del pecado a la vida nueva en
Cristo. «La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la
Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico»
(Benedicto XVI, Exhort. ap. postsin. Verbum Domini, 55).
El Concilio Ecuménico II ha pedido: «ábranse con mayor amplitud los
tesoros de la Biblia, de modo que, en un período determinado de años, se lean
al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura» (SC,
51). La reforma litúrgica ha traducido esta petición en ese tesoro que es
el Leccionario, es decir, el libro que recoge todas las Lecturas
bíblicas para las celebraciones litúrgicas. Tal amplitud se ha extraído de la
fuente más pura de la Tradición viviente, que combina la «sana tradición» con
«el camino a un progreso legítimo» (SC, 23).
El inicio del capítulo II de la Constitución sobre la Liturgia está
entretejido con referencias al gran río de la Tradición, que va desde los
Padres de la Iglesia hasta nosotros. Lo cito: «Nuestro Salvador, en la Última
Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su
Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta,
el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su
Muerte y Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de
caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de
gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» (SC,
47).
Queridos hermanos y hermanas, acudamos con fe a esta fuente de vida
divina y dejémonos transformar por el misterio que celebramos.
20. Audiencia general del 5 de agosto de 2026:
Los Documentos del Concilio Vaticano II:
III. Constitución Sacrosantum Concilium:
5. La oración de la Iglesia
Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
En esta catequesis retomamos la reflexión sobre la Constitución
conciliar sobre la liturgia Sacrosanctum
Concilium (SC). Hoy nos detenemos en la dimensión eclesial de la
oración litúrgica.
Como sugiere el Apóstol Pablo, es el Espíritu Santo el que nos enseña a
rezar. Desde el día de Pentecostés, el Espíritu habita en la Iglesia,
inspirando cada una de sus actividades y, en particular, la oración. La vida de
la primera comunidad, nacida en Jerusalén después de la Pascua de Jesús es una
vida en el Espíritu entregado por el Señor resucitado. «Desde entonces, – dice
el Concilio – la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio
pascual: leyendo “cuanto a él se refiere en toda la Escritura” (Lc., 24,27),
celebrando la Eucaristía, en la cual “se hacen de nuevo presentes la victoria y
el triunfo de su muerte”, y dando gracias al mismo tiempo “a Dios por el don
inefable” (2 Cor., 9,15) en Cristo Jesús, “para alabar su gloria” (Ef., 1,12),
por la fuerza del Espíritu Santo» (SC, 6).
En nuestro tiempo, en los contextos dominados por una mentalidad
centrada en la eficiencia y en el consumismo, la oración puede parecer algo
inútil e irrisorio. En un mundo donde la ciencia y la técnica pretender dar
todas las respuestas, rezar puede parecer una forma de evasión. Además, incluso
en muchas familias cristianas ya no se transmite la oración, mientras que
numerosas personas corren el riesgo de confundirla con una técnica más, de
naturaleza psicológica y orientada al bienestar personal. La oración, en
cambio, en cuanto dimensión fundamental de nuestra humanidad, merece volver a
ser descubierta en su verdad.
La Constitución Sacrosanctum
Concilium tomó en serio esta exigencia. Y esto alegraba
profundamente al Papa
San Pablo VI, que, promulgando este primer documento aprobado por el Concilio
Vaticano II, afirmó: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera
obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos
comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso,
Basílica de San Pedro, 4 de diciembre de 1963).
En la Constitución, de hecho, el término “la oración” designa toda la
liturgia. Esta perspectiva es decisiva, porque orientó la reforma litúrgica
dándole como eje portante la participación activa de los fieles. La liturgia se
presenta ante todo como el lugar del encuentro, de la iniciativa de Dios que se
hace cercano a la humanidad en su Hijo, «el Verbo hecho carne, ungido por el
Espíritu Santo» (SC,
5), al que podemos responder «por Cristo, con Cristo y en Cristo, en la unidad
del Espíritu Santo», es decir, gracias a la «la oración de Cristo, con su
Cuerpo, al Padre» (SC,
84).
Por eso, San
Pablo VI deseaba ardientemente que la Liturgia de las Horas, es decir,
la oración pública cotidiana de la Iglesia, inseparable de la Eucaristía,
impregnara profundamente, reavivara, guiara y expresara toda la oración
cristiana y alimentara eficazmente la vida espiritual del pueblo de Dios (cf.
Const. ap. Laudis
canticum).
Para que tal deseo se haga realidad, la Liturgia de las Horas debe
acogerse y vivirse cada vez más en la vida ordinaria de los bautizados y de las
comunidades. A tantas personas que quieren aprender a rezar, en particular, a
los catecúmenos, les puede ofrecer el camino y la escuela de la oración
cristiana.
Cada semana y cada día, la Eucaristía y la Liturgia de las Horas son el
aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu Santo a través
de su Cuerpo. En esta oración, Cristo «une a Sí la comunidad entera de los
hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza» (SC, 83); así,
día a día, estamos asociados cada vez más al misterio pascual y conformados a
Él.
Afirma San Agustín: «Cuando hablamos a Dios en la oración, no debemos
separar de Él al Hijo; y cuando reza el cuerpo del Hijo, que no separe de sí
mismo su cabeza; que sea, por lo tanto, el mismo único salvador de su cuerpo,
que el Señor nuestro Jesús Resucitado, Hijo de Dios, el que reza por nosotros,
que reza en nosotros y que es rezado por nosotros. Reza por nosotros como
sacerdote nuestro; reza en nosotros como cabeza nuestra; le rezamos nosotros
como nuestro Dios. Reconocemos, entonces, en él nuestra voz y su voz en
nosotros» (Enarr. in psalmum LXXXV: PL 37, 1081).
Vinculada a la Eucaristía, cuya luz prolonga, la Liturgia de las Horas
santifica el tiempo de nuestra vida cotidiana: por la mañana, empezamos el día
con alegría y gratitud; a mediodía, pedimos la fuerza de la fidelidad en medio
de la fatiga; por la tarde, una vez terminado el trabajo, las Vísperas
acompañan en momento del atardecer; por la noche, nos dormimos encomendándonos
a la paz de Dios. Cada hora es un acto de esperanza: durante nuestra
peregrinación terrenal velamos con toda la Iglesia esperando el regreso
glorioso del Señor.
Tomado de:
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260805-udienza-generale.html
21. Audiencia general del 12 de agosto de 2026:
Los Documentos del Concilio Vaticano II:
III. Constitución Sacrosantum Concilium:
6. El año litúrgico
Queridos hermanos y hermanas,
el quinto capítulo de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (SC) está dedicado al año litúrgico, tema sobre el cual hoy queremos deternos, para explicar su importancia en la vida de todo creyente.
En primer lugar, hay que recordar que esta manera de definir el ciclo de las celebraciones cristianas “año litúrgico” se extendió en el lenguaje eclesial gracias a la obra del Siervo de Dios, el abad Prosper Guéranger (1805-1875).
En la encíclica Mediator Dei, Papa Pio XII afirma que «no es una representación fría e inerte de cosas que pertenecen a tiempos pasados, ni un simple […] recuerdo de una edad pretérita. Más bien, el año litúrgico es Cristo mismo que persevera en su Iglesia y que prosigue aquel camino de inmensa misericordia que inició en esta vida mortal […] con el bondadosísimo fin de que las almas de los hombres se pongan en contacto con sus misterios y por ellos en cierto modo vivan; misterios que están presentes y obran constantemente» (III Divinum Officium et Annus Liturgicus, II Cyclus Mysteriorum). Por lo tanto, el año litúrgico debe entenderse como constante actualización de la obra de salvación que Cristo realiza en la historia. A lo largo de este ciclo temporal, la Iglesia permanece en contacto con la acción redentora del Señor, para que puedan los fieles llenarse de la gracia de la salvación (cf. SC, 102c). El encuentro con Jesús, que murió y resucitó por nosostros, es el fin que la Iglesia persigue siempre, situando en el centro de cada momento la celebración del acontecimiento pascual.
Por esta razón, los padres conciliares consideran «fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico» precisamente el domingo «el día de la fiesta primordial» (cf. SC, 106). En varios idiomas modernos, su nombre atestigua que es el “dies Domini”, “el día del Señor”. Incluso en aquellas lenguas en las que ha prevalecido la referencia al “día del sol” (Sunday, Sonntag), se vislumbra el vínculo con Cristo: ¡Cristo es el verdadero “sol de justicia” que ilumina a todo hombre!
San Juan Pablo II, en la Carta apostólica Dies Domini (31 de mayo de 1998), enseña que el domingo es el día del Señor, el día de la Iglesia, el día del hombre y, por último, “el día de los días”: «Al ser el domingo la Pascua semanal, en la que se recuerda y se hace presente el día en el cual Cristo resucitó de entre los muertos, es también el día que revela el sentido del tiempo. […] Brotando de la Resurrección, atraviesa los tiempos del hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha recta que los penetra orientándolos hacia la segunda venida de Cristo. El domingo prefigura el día final, el de la Parusía» (n.75), cuando todos resucitaremos.
Para santificar el domingo es fundamental celebrar la Eucaristía. La escucha de la Palabra y la participación en el Cuerpo de Cristo implican, según los Padres conciliares, el convenire in unum (cf. SC, 106), es decir, la convocación festiva de los fieles. En dicha asamblea, la comunidad cristiana hace visible su comunión con el Señor y da testimonio de su pertenencia a Cristo y de su fidelidad a la Iglesia. Esta asamblea no puede sustituirse por una presencia meramente virtual, ni se reduce a una reunión meramente pasiva. La asamblea litúrgica se realiza, en efecto, en la participación activa de hermanos y hermanas, convocados juntos para que «den gracias a Dios, que los «hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1Pe, 1,3)» (ibid.).
En este sentido, os animo a todos a crear las mejores condiciones posibles para que también puedan participar en la Santa Misa aquellos que los domingos no tienen la posibilidad de ausentarse del trabajo.
Queridos hermanos, el año litúrgico, marcado por los domingos, tiene una historia interesante, en la que se entrelazan la fe y la devoción de la Iglesia. De hecho, ya desde el siglo II d. C., a la celebración de la Pascua semanal se añadió la de la Pascua anual, «la máxima solemnidad» (SC, 102), que se extendía a lo que se denomina el «tiempo de gran alegría» de cincuenta días, que culminaba en Pentecostés y se preparaba mediante el tiempo de Cuaresma con su carácter penitencial (cf. SC, 109). El desarrollo del ciclo natalicio, que tuvo lugar posteriormente siguiendo el modelo del ciclo pascual, ha permitido revivir los misterios de la encarnación del Verbo de Dios, de su nacimiento y de su manifestación al mundo. La Iglesia ha incorporado además en los distintos tiempos la veneración de la Santísima Virgen María, «unida con lazo indisoluble a la obra salvífica del su Hijo» (SC, 103), y «el recuerdo de los mártires y de los demás santos […] cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros» (SC, 104).
El año litúrgico propone así, de forma sacramental, la pedagogía de la historia de la salvación, guiando a los fieles desde la espera del Mesías hasta la plenitud del misterio pascual y la anticipación de la gloria futura. En él, la Iglesia celebra la actualidad salvífica del misterio de Cristo, permitiendo a los creyentes participar en él cada vez más profundamente. Por eso, el año litúrgico constituye el principio inspirador y el marco de referencia esencial de toda acción pastoral.
Tomado de:
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260812-udienza-generale.html
22. Audiencia general del 19 de agosto de 2026:
Los Documentos del Concilio Vaticano II:
III. Constitución Sacrosantum Concilium:
7. La música sagrada
Queridos hermanos y hermanas,
el sexto capítulo de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) del Concilio Vaticano II está dedicado a la música sagrada. Este afirma: «La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne» (SC, 112) y precisa: «La música sacra, por consiguiente, será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo la mayor solemnidad los ritos sagrados» (ibid.).
Aquí encontramos el núcleo de la enseñanza conciliar, que confirma y profundiza en la función ministerial de la música en la liturgia, ya resaltado por San Pio X en el Motu Proprio Inter sollicitudines (22 de noviembre de 1903). De hecho, la música forma parte de la acción litúrgica, y no es un mero adorno de la celebración. En la liturgia, cantar y tocar significa rezar, sintonizando el propio corazón con el de las hermanas y los hermanos y con Dios, en la participación activa en el misterio celebrado. Precisamente la música expresa la dimensión afectiva de la oración, como afirma San Agustín: «Cantare amantis est», es decir «cantar es proprio de quien ama» (Sermo 336,1). Esto es muy importante, porque ayuda en abrir el corazón a la acción de Dios en la gracia y en dejarse moldear por ella.
El canto, además, favorece la comunión. Por medio de la sinfonía de las voces contribuye a unir los ánimos, superando las diferencias entre las personas y reuniendo todos en la alabanza a Dios. Así se convierte en una epifanía de la Iglesia, manifestación tangible de la comunión que pertenece a su naturaleza.
De la profunda relevancia teológica del canto sacro, como parte integrante de la acción litúrgica, derivan algunas exigencias. La primera es que, más allá de las modas o de las sensibilidades particulares de los autores, debe responder en todos los niveles a lo que resulta más adecuado para el momento de la celebración. Además, la forma, especialmente en su aspecto melódico, debe ser a la vez noble y sencilla, de alta calidad musical y fácil de ejecutar, sobre todo cuando está destinada a ser cantada por toda la asamblea (cf. SC, 121).
Por la misma razón, el Concilio recomienda que los textos también sean adecuados, profundos y, al mismo tiempo, simples de comprender, inspirados principalmente en la Sagrada Escritura, en los libros litúrgicos y en la Tradición espiritual de la Iglesia. Sobre esto hay que velar, para que se mantenga viva y para que crezca la dinámica expresada en el antiguo principio “lex orandi lex credendi”, es decir, la ley de la oración es también la ley de la fe.
Sacrosanctum Concilium dedica mucho espacio al tema de la participación activa de los fieles (cf. n. 114). Esta «se ha de comprender […] partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana» (Benedicto XVI, Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 52) en un «espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel» (ibid. 55). En cuanto a la manera concreta con la que esta se puede realizar por medio del rol específico de la música sagrada, la Constitución ofrece una respuesta clara: «se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos» y «un silencio sagrado» (SC, 30), y exhorta a cada uno, ministro o simple fiel, a desempeñar «todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas» (SC, 28) en el equilibrio armonioso entre los distintos ministerios, las diversas intervenciones y los momentos de silencio.
El Concilio concede además gran importancia al canto gregoriano, sin excluir de la celebración otros géneros de música sagrada. Se presta también especial atención al órgano (cfr. SC, 120), mientras que se admite el uso de otros instrumentos «siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (SC, 120).
Un tema muy importante para la reforma conciliar es el de la inculturación, también en el ámbito de la música sacra. Se subraya, en particular, en relación con las tradiciones musicales de las diferentes culturas, la importancia de tenerlas muy en cuenta, como parte de la vida religiosa y social de las personas. Por ello, se recomienda, por un lado, poner en práctica en todos una adecuada «educación del sentido religioso» (SC, 119) y, por el otro, «dentro de lo posible […] puedan promover la música tradicional de su pueblo, tanto en las escuelas como en las acciones sagradas» (ibid.).
En el contexto litúrgico, se reconoce una función especial a la schola cantorum, instrumento pastoral cuya promoción se recomienda, con la misión de «velar por la ejecución exacta de las partes que le corresponden, según los distintos géneros de canto, y favorecer la participación activa de los fieles en el canto» (S. CONGR. DE LOS RITOS, Instrucción Musicam sacram, 19, en: https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_instr_19670305_musicam-sacram_en.html).
Con este fin, el compositor de música sacra debe conocer y preservar el patrimonio musical de la Iglesia, dejándose inspirar por él para dar vida a nuevas composiciones al servicio de la liturgia, respetando la sensibilidad contemporánea y las diferentes tradiciones culturales, de modo que «purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra, para asegurar dignidad y bondad de formas a la música litúrgica» ( S. JUAN PABLO II, Quirógrafo sobre la música sagrada, 22 de noviembre de 2003, 3).
Por todas estas razones, los Padres conciliares recomiendan fomentar la formación y la práctica de la música sacra «en los seminarios, en los noviciados de religiosos de ambos sexos y en las casas de estudios, así como también en los demás institutos y escuelas católicas» (SC, 115) y garantizar a los músicos y cantantes una sólida formación litúrgica (cf. ibid.).
Queridos hermanos y hermanas, los Padres de la Iglesia concedieron gran importancia al canto litúrgico, símbolo de la comunión eclesial. Por eso podemos concluir con estas hermosas palabras de San Ignacio de Antioquía: «Que cada uno de vosotros también se convierta en coro, a fin de que, en la armonía de vuestra concordia, toméis el tono de Dios en la unidad, cantéis a una sola voz por Jesucristo al Padre, a fin de que os escuche y que os reconozca, por vuestras buenas obras, como los miembros de su Hijo» (Carta a los Efesios, 4,2).
Tomado de:
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260819-udienza-generale.html


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